Azul

Yo te pregunto, ¿eres ya de otro?,
¿para qué me traes las rosas tardías?
Tú dices, vuelan los sueños, las horas pasan,
¿qué es todo esto: él y yo y tú?

Gottfried Benn
Hora azul

Playa Schichiri de Kamakura, en la provincia de Sagami, por Utagawa Hiroshige I. Año 1.855 aproximadamente.

Una gota. Otra. Otra. El grifo suena. A hueco. A noche. Todos duermen. Tú no puedes. La noche es un hueco. Para el resto del día. Te metes. Te escondes. No duermes. Una gota. Otra. Otra. Una gota se funde en otra. En otra. En las demás. Como un aceite. Apacible. Untuoso. Todo parece espiritual. Profundo. No rezas. ¿Para qué? Todo es espíritu. Casi absoluto. Silencio. Sedante. Sedante silencio. Absoluto. Casi absoluto. El grifo suena. Se hunde. Se pudre. Hemos cenado sardinas. ¿Para qué rezar? Todo es religioso. Fascinante. Un nuevo dios. Hay un nuevo dios. De noche. Gotea. En el suelo. En los ojos. Duele. No tiene nombre. Alrededor de la luna. Como ceniza. Las fibras duelen. Desde el corazón. Chillan. Se abren las cerraduras. Se vuelven a cerrar. El vacío es forma. La forma es vacío. Raíz. Flor. Respiras. Azul. Es azul. Lo sabes. Azul que consume más azul. Azul. Devorándose. Blau. Blau. Blau. Suena a mandíbula. A perro. A uno que guarda algo. ¿El qué? El azul no ha sido nunca un color. Ha sido angustia. Ha sido sombra. Ha sido muerto. Pena por el muerto. No hay azul. ¿Dónde se encuentra? Sin contar el cielo. Sin contar el mar. Homero no lo conocía. Cuando hablaba del ponto, lo llamaba oscuro. No azul: oscuro. No hay azul. Es escaso. Falta. Por eso lo pensamos. Siempre. Sin querer. Pensamos una palabra. Una palabra nueva. Siempre la hemos buscado. Siempre la hemos necesitado. Sin decir. Sin domesticar. Algo callado. Sin recuerdo. Sin poema. Algo del alma. Con raíz. Con flor. Con noche. Una noche nos llega. De repente. Entre la desesperación negra. Entre el blanco puro. Nos llega a la boca. Despertamos. Nos sabe. No puede ser otra palabra. Azul. La boca nos sabe. ¿A qué? A sardinas. A azul. Las sardinas son azules. Las coloreaba así. De niño. En la escuela. Había que hacer un dibujo. Siempre coloreaba peces. Peces azules. Quietos. Fríos. Y en la lata. En la lata aparecían así también. El azul de las sardinas se hunde. Por el fregadero. Con el agua. Lento. Untuoso. Grasiento. Frío. Profundo. Oscuro. Hueco. Lento. Lento.

Azul. Azul. A. Zul.

Si tuviera que elegir una palabra. Quedarme con una. Para siempre. No hablar. No escuchar. Nunca más. Nada más. Si tuviera que elegir. Sería azul. Solo azul. Todos duermen. Tú no puedes. Las sardinas te sientan mal de noche.

Fin

Aritmética

El Libro de los Milagros (Wunderzeichenbuch). Habsburgo. Año 1.550.

1.921

Un cometa es visible desde la tierra cada 20 años y otro cada 25. Si se les vio juntos en el año 1.915, ¿en qué año volverán a coincidir? Lo leo. Lo vuelvo a leer. Don R. dice que leamos los problemas siempre dos veces. Dos o tres veces. Que los leamos bien. Lo leo. Lo leo. Dos cometas. Veinte años. Veinticinco. Veinticinco años el otro. Mil novecientos quince. Juntos. Pasaron juntos. Se los vio juntos. Mil novecientos quince. Miro a mamá. ¿Cuándo nació ella? Mil novecientos algo. ¿Sesenta y uno? Sí, mil novecientos sesenta y uno. Eso son…diez más diez más diez más diez más diez…estamos en dos mil uno…más diez…dos mil once….más…no…mejor restando, sí, don R. dice que restemos, dice que siempre queremos sumar y sumar y que sumando no se llega a nada, que hay que restar. Entonces, dos mil diecinueve menos mil novecientos sesenta y uno…nueve menos uno son ocho…uno menos seis…pero como el uno es menor que el seis, le sumamos diez, con lo que once menos seis son cinco, y tengo que llevarme una y sumarla…cero menos nueve más uno…es…cero, y tengo que llevarme otra, y entonces dos menos uno más una que tenía que llevarme…es…cero otra vez…entonces…sale…sí, cincuenta y ocho, dos mil diecinueve menos mil novecientos sesenta y uno son cincuenta y ocho. Mamá tiene cincuenta y ocho años. La miro. Está con sus deberes también. La miro. La cisterna. Se escucha a papá. Ahora saldrá del baño. A volverse al sofá. Me preguntará. Vuelvo al problema. El cometa. Los dos cometas. Lo leo otra vez. Rápido. Escribo los números. Veinte años. Veinticinco. 20. 25. Se encontraron en mil novecientos quince. 1.915. ¿Se chocarían? Cuando pasa un cometa lo sacan siempre por la tele. Desde casa no se ve. No se puede ver. Lo graban donde sea y enseñan el video. Cuando pasa le pregunto a mamá. Por qué desde casa no se puede ver. Me dice que es por la ciudad. Por las luces. En la ciudad tenemos muchas luces y el cielo no se ve bien. Dice que ella de niña desde casa de sus abuelos lo veía todo, todas las estrellas y los eclipses y todo. ¿Cuándo nació el abuelo? Le pregunto. En el veintiuno. Me dice que en mil novecientos veintiuno. Sus abuelos eran los padres del abuelo. Tenían que ser viejos. Muy viejos. ¿Cuándo nacerían ellos? Ya. Papá sale. Se para. Me pregunta. Me pregunta si he terminado ya el problema. Todavía no, le digo. Él no tardaba tanto. Que él terminaba pronto, dice. Las matemáticas se le daban bien. Muy bien. Sacaba siempre buena nota. Los cometas. Los dos cometas. Veinte años. Veinticinco. Y se encontraron en mil novecientos quince. ¿Cuándo otra vez, cuando volverán a encontrarse? Seguro que lo darán por la tele. Siempre lo dan. Miro a mamá. Sigue con sus deberes. Con su cuaderno de colorear. Con círculos y dibujos. Ella los colorea. Me coge los lápices. Aprieta la lengua. El rojo. El verde. El verde claro. El rosa. El amarillo. El amarillo y el azul dan verde. Me coge el azul. Es el que más gastado tengo. Me gusta el azul. Es el que más me gusta. A mamá también. Me lo coge mucho y colorea sus círculos y sus dibujos. No me deja el cuaderno cuaderno. Que vea sus dibujos. Se enfada. Yo también quiero. Quiero colorear alguno. Pero se enfada. Dice que es solo para mayores. La miro. Con la lengua apretada. Coloreando. Mil novecientos veintiuno. ¿Cuánto es eso? ¿Cuántos años? Dos mil diecinueve menos mil novecientos veintiuno. Nueve menos uno son ocho. Uno menos dos son once menos dos que son nueve y tengo que llevarme una. Cero menos cero es cero. Y me llevo otra. Y dos menos dos son cero otra vez. Noventa y ocho. Sí. El abuelo tendría hoy noventa y ocho años.

Fin

Ruido de dormir

Autobuses frente a la estación principal. Dresde. Año 1.941.

Entran autobuses en la estación. Ahora mismo. Siempre, a todas horas, pero ahora mismo entran tres a la vez. Se ha hecho de noche fuera. No sé. Con la tele no me he dado cuenta. Pienso en bajar a tomar algo. Y no. No tengo ganas de nada. De ver nada. A nadie. Si bajo, me comeré un bocadillo o lo que sea. De jamón o de lo que sea. Pero no. Ya salen. Más. Las puertas enanas no pueden con la gente. No pueden con toda la gente que se baja, que no se reparte bien. Tienen cara de enfado o son las luces, que no arden bien. No sé. Siento un poco de asco. No quiero montarme otra vez. Irme. Mañana. No quiero. No quiero quedarme pero tampoco irme. Es asqueroso. Un monstruo ama su laberinto. Algo así. Algo así he leído. Donde sea. Seguro que sí. Seguro que en Grecia, en esas islas con laberintos y reyes y héroes, el minotauro odiaba lo de fuera. A los de fuera. No me puedo curar. Siento que no. De este asco no. Me levanto a echar las cortinas. Enciendo la lámpara. Me echo en la cama y me vuelvo a levantar a darle al botón de la luz, de la lámpara: a oscuras se está mejor. Con la tele. Miro las imágenes. Quietas, agotadas. Todo lo mío, el pasado, mi pasado, mis recuerdos, todo son imágenes. Todo imágenes. Ha habido otro atentado. Otra bomba en F.. Trato de imaginarme tantos muertos como dice el presentador de las noticias. ¿Cuánta gente se ha bajado del autobús verde? Sí, puede que más o menos los mismos. Unos cuarenta y algo o así. A un autobús de esos le caben unos cincuenta y cinco asientos. Pero no iba lleno. La gente era muy torpe. No se ordenaban. No se turnaban. Para salir. Pero el verde no iba lleno. No. Qué asco. Lo pienso: qué asco. En otra parte del mundo se han cargado a cuarenta y algo con una bomba y aquí otros cuarenta y pico se bajan enfadados de su autobús porque la puerta es enana y no pueden salir bien. Cosas así. Ver cosas así lejos de casa me da asco siempre. En casa también. Pero lejos es peor. Estar fuera de casa me parte el corazón. Quiero decirme algo así. Antes de dormir. Antes de dormirme quiero decirme algo así. Que estoy aquí por el ruido. En el hostal de la estación siempre hay ruido. Casi nadie se aloja aquí. A lo mejor algún conductor. Algún mecánico. No puedo estar en otro sitio. No soporto el silencio. Creo que no. No sé por qué. No sé si es desde lo del abuelo. Ya nadie se acordará del abuelo y yo sigo sin poder dormir bien. Con silencio. Estar fuera de casa me destroza. Casi tanto como estar allí. Ya entra otro. Me levanto. Asomo la cabeza desde la cortina. Este es gris. Va medio vacío. Como un fantasma.

Fin

Sin calle

Charles Chaplin. Tiempos modernos.

Hoy he visto a un hombre con gorra en la calle de la estación. Detrás de la estación. Estaba con un palo. Todo el mundo aparcaba ahí, pero ahora que han puesto macetas a un lado, caben menos coches y en la otra acera están los cubos. Y el hombre con gorra estaba con un gancho, hurgando dentro del de la ropa. A su lado llevaba un carro de supermercado con cables y un microondas y cables que asomaban del microondas. Por detrás del microondas. Y me he parado y he sacado el móvil para no sentirme rara de quedarme así parada, en mitad de la calle, sin hacer nada. Y he hecho como que hablaba. He dicho: ¿sí? No, no estoy en la oficina. Y miraba al hombre, cómo doblaba la espalda y el brazo y cómo se estrujaba para sacar algo de ropa del cubo de la ropa, y la ha sacado, ha sacado una sudadera gris que parecía sucia y una zapatilla. Y la zapatilla era del mismo color sucio que la sudadera, pero blanca, pero a lo mejor la sudadera era simplemente gris y no estaba sucia. La zapatilla sí. Y he pensado: seguro que se mete otra vez. Sí, he dicho: ahora en cuanto llegue te lo mando por correo, mientras no dejaba de mirar de vez en cuando al hombre y pensaba: seguro que ahora se mete otra vez. Pero no. Mientras dejaba de hablar sola, de hacer como que hablaba, el hombre se ha ido, ha echado la sudadera y la zapatilla a su carrito, y se ha ido empujándolo, por donde pasan los coches. Y la sudadera y la zapatilla, como vomitadas junto a los cables y junto al microondas y junto a los cables que asomaban detrás del microondas se han ido con él. Y me he sentido tonta pensando en la otra zapatilla y pensando en que yo habría buscado la otra, porque no se me ocurría que pudieran haber echado una sola. Una sola no. Eso era tonto. Y me he sentido tonta con el móvil en la mano y en la cara y con la mano cansada y lo he guardado, pero antes he dicho: venga, hasta ahora. Y lo he guardado. Y me he ido. Luego al pasar por la librería, en el escaparate tenían el libro del famoso ese que se está muriendo. Y he pensado: ha escrito un libro. Ahora que se muere. Y he pensado: ¿para qué? Creo que sin querer. Y también: para vender. Y he pensado en la familia, en los hijos sobre todo, pero se me ha ocurrido pensar en la familia y me he dicho: para dejarles más dinero. Y luego: pobre. Y en la oficina casi me ha parecido que tenía que escribirle un correo a alguien. Pero ha sonado el teléfono y se me ha olvidado.

Fin

La máscara

Fabricación de una máscara mortuoria o “totenmaske”. Año 1.908.

A lo mejor hay que decir algo. No lo sé. Nadie dice nada. Nadie habla. Miran. Miramos. No sé por qué he entrado. He entrado para verlo. Solo un poco. Solo un segundo. Verlo y salir. Eso he pensado antes. Antes de entrar. Hay velas. Es lo primero que he visto al entrar. Antes que al tío G.. Las velas. Como un ojo. Mirando al lado de la cama. Sucias. Arrastrándose. Mirando por el tío G.. Con los ojos cerrados. Tocando la cama. Las sábanas. ¿Tocando? Tiene la cara extraña. Se la han dejado extraña. No es la suya. ¿Cómo era?

Miro a los primos. Al primo A.. A la tía. A papá. A lo mejor también lo piensan. Miro. Parece que lo piensan también. Lo de la cara del tío G.. Tan extraña. También la tía L. parece otra. Y el primo. Y papá. Sí, todos parecen extraños. Cambiados. Como cambiados. Mirando así la cama. Cansados. Mirando al viejo cansado. Cansándose. No sé por qué he entrado. No sé qué decir. A ratos me parece que con mirar basta. Que mirar y que te vean mirar es bastante. Y estar callado. No saber qué decir. Parece que con eso es bastante. Como las velas. Como el tío G.. Muerto. Muerto. Parece que desde siempre. Siempre tan viejo. Tan enfermo. Las piernas. Los pulmones. La barriga. Siempre. Siempre. Se me ocurre que siempre han estado esperando a que pasara. También yo. Siempre lo hemos esperado. Lo de las piernas. Y después de lo de las piernas lo de los pulmones. No, después no. Antes. Cuando tuvo lo de las piernas ya esperábamos otra cosa. Lo de los pulmones. Y cuando lo de los pulmones otra cosa. Las tripas. Escondido. Era como si lo tuviera todo escondido. Como si lo tuvieran preparado. Como si tuvieran hablado cuándo, cómo salir. Esperando. Siempre esperando. Me parece que lo metieron en su cuarto para esperar. Para que esperara. Para lo de las piernas y lo de los pulmones y lo de las tripas. Para que llegara todo. Para el final. Miro las manos, grandes, cansadas. El tío G. siempre estaba en el campo. Los primos merendaban en casa. Con su madre. Esperando que volviera. Tardaba. Hablaba de la iglesia. En el bar. Volvía y hablaba de la iglesia y de ayudar a construir la nueva cruz. Ya. Nos vamos. Ya. Ya se lo llevan. Nos vamos. En la puerta lo pienso otra vez.

No sé cómo era su cara.

Ya. El coche sale como puede de la calle de la iglesia. En la esquina da por un lado. Todo es estrecho. Se caen flores de una de las coronas. Dos o tres.

Fin

Anochece

Desnudo en Dramont. Marc Chagall. Año 1.955.

Después de las siete. Ya es de noche. Las mesas. Las sillas. Todo ordenado. Y gente. Gente ordenada también. En mesas. En sillas. Beben. Comen. Piden mas bebida, piden más comida, beben más, comen más. Me duele la cabeza. Beben. Comen. Beben y comen y beben y comen.  Si la cabeza no doliera se estaría bien aquí. Como ordenado. Mi mesa. Mi silla. Uno sale. Se sienta ahí. Me pregunto cómo olerá el baño. Lo limpian todos los días, todas las tardes y todas las noches, varias veces todos los días y todas las tardes y todas las noches. Se ven siempre mujeres con fregonas y cubos y agua sucia y agua limpia. Seguro que huelen bien. A ese le llevan un bocadillo. No me da tiempo a ver de qué es. Espero. Espero. Miro y espero. Ya. Queso. Queso y otra cosa. Algo más. Muerde. Espero a que muerda. Muerde y mastica y traga como si no hubiera nadie mirándolo. Como un perro. Ya muerde otra vez. Ya. Tengo que mover la boca. Hago como si comiera también. El suelo. El suelo es negro oscuro. Se ven bien los trozos de cosas. Restos de pan. Azúcar. Servilletas. Dos manchas de aceite. Se ve todo bien. Incluso el azúcar. Ya. Muerde otra vez. Bebe de su cerveza. Me fijo en cómo mueve la cabeza, el cuello y todo. Hay dos. Hay dos clases: los que llevan la comida a la boca y los que no. Los que llevan la boca a la comida. Como un perro. El hombre come así. El suelo es tan negro que lo ve todo. Café. Huele. Ya. Si, huele. Tengo que quedarme en mi mesa. En mi silla. Echo la cabeza atrás. Duele. La espalda y el cuello y los ojos y todo. De todo el día. Después de las siete ya es de noche.

Fin

El nuevo letrero

Bäckerei Ernst Müller, Hannover, 1921

No sé quién fue. Creo que el primo A., pero no lo sé, un día alguien dijo que un hombre preguntaba por el tío G.. En casa de los abuelos. Subí yo a llamarle. Estaba en su cuarto. En su cama. Leía. La levadura. Leía de un libro viejo sobre la levadura. Le dije que un hombre preguntaba por él. Era raro. Porque todos decían que el tío G. no tenía amigos. Que era raro y que por eso no conocía a mucha gente. Pero había un hombre. Preguntaba por él. Lo pensaba mientras subía. Bajé con él. No con él: detrás. Detrás suya. Bajé detrás de él. Las escaleras de casa de los abuelos hacían ruido. Eran de piedra pero el borde estaba hecho de madera. Por eso sonaban. Se nos escuchaba bajar. El hombre que preguntaba por el tío estaba con el primo A.. Sí, con el primo. Ahora me acuerdo. Fue el primo A. el que primero lo vio. El hombre traía el letrero debajo del brazo y se le veía un poco. Esa noche ya estaba colgado.

El tío G. era panadero. Así decía el letrero de su puerta: panadero. No panadería. Mamá y la tía L. le preguntaban por qué lo había encargado así: panadero, panadero y no panadería. En todas las panaderías ponía: panadería, no panadero. Panadero no lo ponían en ningún sitio. Se lo preguntaban, le explicaban que en todas partes ponía panadería y que no tenía sentido poner panadero, que en el pueblo, en la otra panadería, ponía panadería, y no sol en el pueblo, en la ciudad también, que donde nosotros vivíamos, al lado, debajo de casa, en la puerta de al lado, había una panadería y que ponía panadería. Eso le decía mamá. Y horno. Que probase con horno. En algunos sitios también había visto que ponía horno.

Que encargara otro letrero. En la comida. Se hablaba de eso en la comida. Creo que se lo decían mamá y la tía L.. O la abuela. No me acuerdo. Pero siempre alguien hablaba de eso, de la panadería y del letrero de la panadería y de que el tío debería cambiarlo, encargar otro, encargarle otro al mismo que se lo había hecho, porque era bonito, el letrero era bonito, era blanco, con las letras en amarillo, no en amarillo, en dorado, en algo así como dorado, y con el dibujo de de una espiga de trigo, dorada también, el letrero estaba bien, pero había que cambiar lo de panadero, había que poner panadería, sí, con panadería quedaba mejor, estaría mejor: panadería, y la espiga dorada al lado. Sí, mucho mejor así. Aunque no tuviera nombre. Mamá decía que tenía que ponerle un nombre, que lo de panadería, sin más, tampoco estaba bien, que tenía que pensar un nombre para la panadería, un nombre bueno, y encargar el letrero entonces, con la espiga, la espiga les había gustado a todos, no querían quitarla, pero el nombre sí, cambiar lo de panadero por panadería o por horno y darle un nombre. Un nombre. Así comíamos a veces. Hablando de la panadería y del cartel de la panadería. Del pan no. Del pan que el tío G. traía no se hablaba. Su pan. Bueno, dorado. Pero no se decía nada de él. Lo partíamos. Lo masticábamos. Lo tragábamos con la comida. Con todo. Sin hablar de él.

Un día vino el hombre de los letreros otra vez. Con el nuevo. Le traía al tío G. el nuevo letrero que le había encargado. Subí a llamarlo. Estaba en su cuarto. En su cama. Leía. La levadura. Otra vez. La levadura. Leía otra vez el mismo libro viejo sobre la levadura. Mientras bajaba y lo escuchaba bajar a ver al hombre, lo abrí. Lo abrí. Dentro. Al principio, en la página blanca del principio. Dentro estaba el nombre del abuelo. Y la fecha. Abril de mil novecientos algo. Luego cuando bajé, vi el nuevo letrero. Seguía poniendo panadero. La espiga no estaba.

Fin