Paisaje con figuras

Procesión en España. Robert Henri. Año 1.906.

Roja. Blanca. Cabeza llena de sangre y heridas. Un hombre le cuenta a papá por dónde pasa la procesión. Dónde hace una parada. Dónde otra. La mujer del balcón canta. Parece que grita. Que le duele cantar. Va de negro. Toda de negro. Como las demás mujeres. Los hombres llevan camisa clara. Rosa. Verde. Azul. Miro otra vez la cabeza roja y blanca con sangre y heridas. La mujer le canta. Cierra los ojos. Como si la estuviera viendo por dentro. Canta. Como si doliera. Papá le explica al hombre que cuando él trabajaba en la compañía de seguros, la gente iba a la oficina a contratar con él. Que aseguraba los accidentes durante la procesión. A un niño le compran un tambor de juguete. Quiere tocar. Como los mayores. Tocarle a la figura. Roja sangre. Roja amapola. Roja cereza. Roja sandía. Roja barra de labios. Roja tableta de chocolate. Roja mercromina. Roja cabeza. Herida. Árbol roto. La mujer le canta. Herida. Duele. Duele. Blanca dentadura. Canta. Canta. Ropa negra. Camisas claras. Cabeza de madera. Cabeza roja y blanca. Miro la cabeza de madera. La miro. Llora. Duele. Le cantan. Le chillan. Aplausos. Gritos. Tambores. Trompetas. La procesión se mueve otra vez. Nos vamos.

Fin

Ahora duerme

Flandern. Pintura por Otto Dix. Año 1.934.

Huesos, piel, trapos. Miro la cama de la abuela. No es distinta de las otras camas. Habitación cuatro dos siete. Al final del pasillo. Cuando vengo a verla tengo que pasar por todas las otras habitaciones. Por todas las otras camas. Uno mira. Mira y ve huesos, piel y trapos. Mezclados. Blanco, gris, verde pálido. Como una bandera. El abuelo tenía siempre sus álbumes en la mesa. Con fotos de la guerra. Con muchachos y con armas y con banderas. Una vez mandó una carta al periódico. Para poner un anuncio. Compraba uniformes. Uniformes viejos de soldado. De un bando únicamente. No se lo publicaron. Quería poner su anuncio de compra de uniformes pardos y no se lo publicaron. Escribió otra carta. Para quejarse de que no le publicaran. Miro la cama de la abuela. Los barrotes de hierro. ¿Estarán fríos? No quiero tocarlos. No quiero tocar nada. Hay cables por el suelo. Salen de detrás de la cama. De los aparatos. Llegan hasta los pies. Como serpientes. No quiero tocar nada. Cuando uno viene, cuando uno pasa por el pasillo, los ve asomar también. De las otras habitaciones. Y piernas. Y gente a los pies de esas piernas. Gente que está sentada. Que no se mueve. Que espera. Como mamá. Dice que hoy la abuela ha hablado. Que ha bebido agua y que ha hablado. Cuando muera, ponedme guapa. Algo así ha dicho, dice mamá. La miramos. Ahora duerme.

Fin

Blanco y rojo

El jardín de las delicias. Panel derecho o “el infierno musical“. Jheronimus Bosch.

Mamá no se enfada hoy. Aunque el abuelo haya dejado su bastón en la entrada. En el paragüero de la entrada. No le gusta. Se enfada. Cuando dejo cosas dentro se enfada. Pero hoy no. Saca la tarta ya. Siempre que es mi cumpleaños prepara tarta de fresas y nata. Baja el volumen de la música. Papá coge la cámara. Todos miran cómo inflo la boca. Quiere hacerme la foto soplando las velas. Como siempre. Me inflo. Me inflo. Ya, dice. Y soplo. Y las velas se apagan. Y mamá las enciende otra vez. Por si papá no le ha dado al botón a tiempo. Saca las fotos borrosas. No sabe usar la cámara bien, dice mamá. Las enciende otra vez. Me inflo. Ya. Ya. Soplo. Se apagan. Papá dice que ha salido bien. Quita las velas, que se han derretido un poco. Comemos. Los abuelos me dan dinero. Mamá lo coge. Me lo guarda. Saca el álbum. Enseña fotos. Fotos mías. De mí en su barriga. De mí en el hospital. En la bañera. En la cuna. De mí llorando. Tocándome la boca porque lloro porque me están saliendo los dientes. El abuelo pregunta si sé ya escribir mi nombre. Mamá trae papel y lápiz. Me dice que escriba. Que ponga mi nombre. Y la fecha. Y el nombre del abuelo. Le enseña el papel. Sube la música. Como estaba antes. Papá quiere irse. Dice que quiere ir a revelar el carrete ya. Para sacar las nuevas fotografías. Blanco y rojo, miro un trozo de nata seca en el mantel.

Fin

En la orilla

Tarjeta postal del río Saale (Saalfeld-Rudolstadt, Turingia). Castillo Obernitz al fondo. Año 1.921.

Para el cementerio cogemos tierra del río. De la orilla del río. El primo A. dice que así no escarbarán los perros. Los galgos del loco siempre hacen cosas malas. Al tío G. le mordieron una vez. Le han matado gallinas a la amiga de la abuela. Siempre hacen cosas malas. Siempre se dice en casa. Cogen los peces muertos de las piedras y los sueltan cerca de las puertas. En las puertas de las casas. Para que se maten los gatos y para matar a los que no se matan. Papá se ha quejado en el ayuntamiento. Para que hagan algo con los perros del loco. O con el loco. Para que le quiten los perros. El agua huele fuerte. No baja limpia. Papeles. Trozos de plástico. Colillas. Le pregunto al primo A. si le gustan dos palos que he cogido. Para la cruz. No. No quiere cruz. No quiere poner nada. No quiere señalar nada. El loco a veces baja al río. Con sus perros o solo. Baja y se echa en la orilla. Y pesca. Y bebe cerveza. O se duerme. No quiere que sepa dónde enterramos al pájaro. A la cría de pájaro. Lo encontró en el huerto del abuelo. El tío G. dijo que había que buscar su nido. Devolverlo. Pero buscamos y buscamos y no encontramos nada. En ningún árbol. El tío G. nos dijo que le hiciéramos uno. En lo más alto. En el árbol más alto. Que cogiéramos una caja y metiéramos ramas y hojas dentro. Y lo hicimos. Cogimos la caja de galletas de la abuela. Sacamos las que quedaban. Todas menos una. Las metimos en un tarro y nos llevamos la caja. Al huerto. Recogimos hojas y ramas. Las más blandas. Para que la cría de pájaro estuviera bien. Y la metimos dentro. Con la galleta triturada, para que no tuviera hambre. Lo metimos todo dentro y el primo A. se subió al árbol más alto del huerto. Y encajó la caja como pudo. Se bajó y nos escondimos. Por si venían los padres. Pero no vino nadie. No vino nadie. Nos fuimos a cenar y al día siguiente la cría se había matado. Estaba en el suelo. Con la lengua fuera. Con los ojos fuera. Se había caído y se había matado. Se lo dijimos al tío G. y nos mandó al río. A por tierra mojada de la orilla. Para enterrar es la mejor, nos dijo. Le pregunto al primo A. si vamos a contar en casa dónde hemos enterrado a la cría. Me dice que no.

Fin

Honrarás a tu padre y a tu madre

El poeta ruso Serguéi Esenin junto a su abuelo. Yvsei Moiseenko. Año 1.963-1.964.

Es miércoles. Mañana jueves ya. Jueves. Suena bien. Me lo digo volviendo. Jueves. Suena a libre, casi. Casi. Jueves. Un día. Si no cuentas el jueves, es solo un día. Solo uno. La escuela. Las matemáticas que no nos enseñaron. Sin querer lo piensas. Eras pequeño. Joven. Joven suena también a algo. A algo que ya no está. Que se ha ido. ¿Adónde? Suena. Suena a algo. Andas. Vuelves a casa. Por donde siempre. Las mismas calles, las mismas luces. Los mismos coches y el mismo ruido. Porque todo es igual. La misma gente también. La misma. Pero no. Algo no está bien. Dos. Dos. Un padre. Un hijo. Dos. Un padre y un hijo. Cenando. No, cenando no: comiendo. Comen. Una pizza. Los dos. Y la pizza y la caja y la mesa y las sillas. Y ya. Los ves. Los miras. Ver. Mirar. Y piensas: olvidado. Que no se acuerdan de ti. Que no se acordarán. Piensas que vas a ser olvidado. Y te parece que todo es así, que todo es igual. Que el padre piensa también: voy a ser olvidado. Como todos. Porque todos lo pensamos. Todos. De cualquier manera. Con un hijo o con un recibo, con el café, con las luces de los escaparates, con la luna. Con la hierba nueva y con la vieja, con los árboles, con el abuelo y con las fotografías, con todo. Con todo. Lo piensas todo un poco. Un segundo. Pero cabe todo en ese segundo que piensas. Frío. La puerta. Las llaves. Subes. Tienes hambre. Una vez leíste que se tenían hijos por eso. Para que a uno no lo olvidaran. Para que lo cuidaran y que muriera cuidado y que luego no lo olvidaran. Y piensas en los dos. En la pizzería y en los dos. En el padre y en el hijo. Piensas que estarán sentados. Delante. Delante de cada uno. Y la pizza en mitad. Mirándolos. Quietos. Callados. Comiendo. Sin una palabra. Papá no te hablaba. No intentaba hablarte. Silencio. Silencio. Decía que a su padre no se le podía hablar. En la mesa. Que no dejaba que nadie hablara sin su permiso. Sin su permiso. Silencio. De niño.

La noche sube. Como una espuma sube. Negra. Y ahoga. ¿Ahoga? Sí, no hablan. Gotea y gotea y nadie la detiene. ¿Quién la va a parar, dios? Gotea de los dedos de dios la espuma negra de la noche. Y sube y nos ahoga. Y no hablamos. Ni el padre ni el hijo. Comen. Y no se hablan. Y no se miran. Y los coches no les dejan escucharse masticar, tragar y volver a masticar y volver a tragar. Masticar y tragar. Y no mirarse. Y no hablarse. No hablar. Como un mandamiento. Y es miércoles. Miércoles. Hoy la pizza es más cara. Los martes cuesta la mitad. J. y yo pedimos algunas noches. Llamamos y pedimos y en diez minutos o así vamos a recogerla. Con queso y tomate y champiñón y cebolla. Con anchoas no. No le gustan. Dice que nos son buenas, que por la noche sientan mal, pero no, no le gustan, y no la pedimos con anchoas nunca. En casa sí. Algunos domingos, después de misa. Mamá me llevaba a misa y me sentaba a su lado y hacía todo: de pie, de rodillas, sentando, de pie, sentado, de rodillas. La esperaba cuando iba a la fila, a comulgar. La miraba. Su boca. La mano del cura. La copa que brillaba. La servilleta. Me lo sabía de memoria. Y rezaba. Y me hacía la señal en la frente. Porque ya faltaba poco. Porque después de misa, pasábamos por la pizzería y recogíamos una para casa. Para papá y para mamá y para mí. Y comíamos. También sin hablarnos, sí. Con la tele. Delante de la tele. Antes de acostarme porque al día siguiente había colegio. Sí.

Fin

Luz / Licht

Cabeza de Medusa. Franz von Stuck. Año 1.892.

El hombre quiere pagar. La cajera le pregunta cómo. Si con tarjeta. Si en efectivo. Te lo preguntan ya siempre. Aunque lo sepan. Cómo pagas. Antes no. No preguntaban. Antes siempre se pagaba con monedas. Con billetes. Nadie pagaba con tarjeta. Pero ahora les tienen dicho que pregunten antes. Siempre. Le miro los ojos. Le miro los ojos mientras cuenta dentro de su monedero y me acuerdo de la abuela. Por lo menos tres veces cada año tenía que operarse. Tenía una enfermedad rara. La misma que su padre. La misma que mamá. Igual de rara y de avanzada. Desde pequeños. Empezaban a quedarse ciegos desde pequeños. Le inyectaban algo. Le movían algo dentro. Para que pudiera seguir viendo. Un poco más. Se iba tres días a esa clínica. Se iba y a los tres días ya estaba otra vez en casa. Y no salía de su cuarto. No podía salir. No podía darle la luz. Nada de luz. La cabeza le dolía. Los huesos del cuello. Y los ojos. Todo. Le dolía todo. Se quedaba dos o tres días en su cuarto. Con las persianas bajadas. Con los ojos vendados. Con la puerta cerrada. Como un monstruo. Mamá no me dejaba entrar. No quería que entrara. Que nadie entrara. La veía solo un segundo. Cuando ella pasaba a limpiarla. Por el hueco de la puerta. Estaba en su cama. Sentada. Como mirando. Hacia ninguna parte. El hombre solo lleva comida preparada. Dos cosas. Algo de carne. Y verduras. Junto a los yogures y la leche y los quesos hay un departamento de comida preparada. La cocinan por la mañana. Alguna vez he cogido algo. Albóndigas o algo. Le cuesta encontrar el dinero justo en su moderno. Pienso en la abuela. En su cama. En su cuarto. Sin luz. Sin ojos. ¿Qué pensaría? ¿Qué se le pasaría por la cabeza? Sin luz. Sin ojos ¿Por qué no veo?

El hombre ya ha pagado. La cajera pasa mis cosas por el escáner. Me dice que el hombre viene todos los días. Que se lleva algo preparado todos los días. Para comer. Antes venía con la mujer. Venían los dos. Pero ella no viene ya. Viene él solo. Van a poner repartidores, me cuenta. Porque hay muchos abuelos que vienen a comprar la comida preparada. Van a poner repartidores para llevársela a casa. Para que puedan apuntarse y que se la lleven a casa. Meto todo en la bolsa. En la puerta un pobre bebe cerveza. Habla solo. Sois unos cerdos, dice. Parece que a todos los que salen. Me voy. ¿Por qué no veo? La abuela preguntaba por qué no veía.

Fin

Un poco de nostalgia

Virgen en llanto con niño. Otto Tetjus Tügel.

Miro a la muchacha que tengo enfrente. Ha pedido leche. No se ve ya a nadie que la pida. La gente la bebe en su casa. Y café. Y zumo. Y todo. Pero bajan aquí y a todas las cafeterías y piden café y zumo y de todo. Pero leche no. Con un vaso de leche creo que no he visto nunca a nadie. Algún niño, a lo mejor. Estornudo. Me da vergüenza.  No estornudo, me lo trago. Me duele el cuello y la espalda. Un pinchazo. Pienso en el hombre de esta mañana, el de la calle del hospital. Así, con la camisa verde y sin brazo, parecía un árbol. Te ha parecido que parecía un árbol. Lo peor de todo es que como los de allí, como los de la misma calle del hospital. Igual de verde y de quieto. Y te has quedado mirándole la manga, vacía. Como un fantasma. Y ahora piensas en si le dolerá. En si el cuello o la espalda o el mismísimo brazo le dolerán a veces. A veces. Aunque no esté. A la abuela le dolían los huesos. Cuando llovía. No. Cuando iba a llover. Se sabía que iba a llover porque a la abuela le dolían los huesos del hombro y del brazo. Y estaba enfadada. No le gustaba que le doliera. Tengo algo en el ojo. Me duele al mirar el periódico de ese de ahí. Cómo pasa la página. Han cerrado o van a cerrar una estación de ferrocarril. La gente se ha manifestado. En la puerta. Trabajadores y familias. Se los ve. Con la cara gris. Siguen haciendo los periódicos en blanco y negro. Eso está bien. Te ha parecido bien. Que no cambien. Que haya cosas que no cambien. Bien. Tranquilo. Y bebes. Un sorbo tranquilo. Negro y caliente y tranquilo. Se está bien así. Sin los recibos y sin el teléfono y sin la oficina. Tu café. La muchacha. Su vaso de leche. El periódico del de ahí. Las manchas oscuras de la taza, secándose. Secándose. La muchacha te mira. No eres tan viejo. No, te mira porque la miras. Miras su vaso. Pero no, ella no mira tu taza: te mira. Agachas los ojos. Zapatos. Si, antes mirabas siempre los zapatos. Quietos, marrones. Los zapatos cuando la gente está sentada son extraños. Miras y miras. Sientes un poco de tristeza de los tuyos. No los limpias ya como en la escuela. Como cuando papá quería que los limpiaras todos los días. Todas las noches. Antes de rezar. Aunque estuvieran bien. Aunque no los hubieras ensuciado. Los limpiabas y papá vigilaba que los limpiaras. Y rezabas. Y mamá vigilaba que rezaras. Y dormías. Y pensabas que estaban en la puerta de tu cuarto. Detrás. Vigilando. 

Cuando veo que pasa el cartero pienso en si no debería subir ya a la oficina. Cojo la taza otra vez, vacía, fría, y hago como que todavía le queda algo. 

Fin