Romance

La psicología del romance. Hans Kern. Año 1.937.

Hay que amar. Hay gente que se resiste y que por eso enferma. Estamos en un cambio de conciencia muy fuerte. Miro cómo ha pronunciado la palabra fuerte y trato de apretar los dientes contra el labio de abajo, como para decirlo también: fuerte. Pienso: fuerte. Estoy allí, con mis dientes, con mis labios, con mis ojos, mirando lo que me dice el psicólogo. Porque si piensas en tus miedos…sigue hablando. Es raro. Estar en el psicólogo se me hace raro. Pensaba: psicólogo. Y pensaba en la cabeza. En mi cabeza. Pensaba en que iba a estar ahí, con el hombre del anuncio en el buzón, y pensaba en mi cabeza y en que iba a estar ahí con él y con mi cabeza, pero ahora solo se me ocurre pensar en mis dientes y en mis labios y en mis ojos mirando cómo pronuncia las palabras que pronuncia. ¿Le digo eso de que no puedo mirar bien a los ojos? No lo sé. A lo mejor ya se ha dado cuenta. El psicólogo del anuncio, pienso. Y me acuerdo del papel en que se anunciaba y del buzón y de que cuando lo saqué también saqué otro papel de una carnicería nuevo en la que sorteaban un jamón. ¿Cuándo era? Intento acordarme del sorteo del jamón. Pero no. Nada. No sé si lo tiré o no. ¿Crees que yo no tengo miedos? El hombre sigue. Tiene la lengua rosa. Cuando pronuncia algo se la veo. Eso está bien. Hay que tenerla rosa. Blanca es malo. Y verde. Y amarilla. Hay que tenerla color carne. Rosa. Lo leí una vez. He llegado puntual. He llegado a la hora que quedamos por teléfono. Pero llevamos ya más. ¿Cuánto cobrará por hora? Llevamos ya sesenta y algo minutos. Sesenta y siete, creo. No quiero mirar el reloj. Mi reloj. Pero le miro el de su muñeca. Lleva reloj y se lo miro. Con mis ojos. Mientras habla. Lo que sea menos mirarle a los ojos. No puedo mirar a los ojos, no mucho, no bien, cuando me hablan. Ni tampoco cuando hablo. No puedo. ¿Se habrá dado cuenta ya? Sí, ha tenido que notármelo. Ha tenido que verlo, que no miro a los ojos. Tiene que estar ciego si no se ha dado cuenta aún. Y le miro la muñeca de nuevo. De vez en cuando la pone hacia mí y puedo ver bien la hora que es. Mueve mucho las manos. Y los brazos. Los brazos y las manos. Como para decir. Hay gente que habla así, con la boca y con los brazos y con las manos, con la boca diciendo y con los brazos y con las manos y con los gestos como para decir también, como queriendo decir. Y hay gente que no mira a los ojos cuando habla o cuando le hablan. Y van al psicólogo. Pero los que hablan también con los brazos y con las manos no. O este al menos no. ¿Cuánto irá a cobrarme? A lo mejor mientras habla y mueve los brazos y las manos piensa también en lo mismo, en cuánto va a cobrarme. A lo mejor por ser el primer día no va a cobrarme más de una hora. A lo mejor lo está alargando pensando en no cobrarme todo, pensando en cobrarme solo la hora y que me vaya pensando: solo me ha cobrado una hora. A lo mejor por eso mueve tanto los brazos y las manos, el brazo izquierdo y la mano izquierda más, más que el los otros, que el derecho y la derecha, para que vea el reloj y la hora que es y que nos hemos pasado de la hora ya. A lo mejor es eso. Y piensa: uno que no puede mirar a los ojos cuando habla ni cuando le hablan…seguro que se va tocado a casa si nos pasamos. Seguro que me llama en seguida para otra consulta. ¿Cómo se reparten las llamadas aquí? Si la mujer es la que da los masajes en los pies, ¿cómo saben que uno que llama no es para eso? Es raro. Al entrar me ha parecido raro. He pensado: raro. Ya al llamarle, cuando me dijo: clínica de masaje. Ya entonces me pareció raro. Y pensaba en mí y en mí viniendo aquí, a la consulta del psicólogo que además da masajes en los pies. Porque la que se anuncia para masajes en los pies es la mujer. Pero antes ha dicho que también él daba. Que también él tenía el título. ¿Lo ha dicho? No lo sé. Intento acordarme del buzón y del folleto del psicólogo. Me acuerdo del papel de la carnicería y del sorteo del jamón, pero no me acuerdo de si había algo más. Siempre hay algo más, algún folleto más, pero no sé si había alguno de masajes en los pies. Si los da la mujer, seguro que hicieron dos folletos, uno para la consulta de psicología y otro para la consulta de podología o como se llame. Sí, seguro. Así se ahorran algo. En el reparto o en la imprenta o en algo seguro que se ahorran algo. En la oficina lo hacemos así. Pero no sé. Es raro. En la oficina cuando cojo el teléfono siempre es para lo mismo. Casi siempre es para lo mismo. Llaman y les miro lo que les viene de seguro este año. Y dicen que es caro. O no dicen nada. O se han dado un golpe con una columna del garaje y llaman para preguntar qué se hace. Que qué hacen, preguntan. Y les paso con los de siniestros. Y ya. Pero aquí…¿cómo lo hacen? Si uno llama, cuando uno llama, ¿le preguntan si es para psicología o para lo de los masajes en los pies? ¿Qué te preguntaron? Intento acordarme. No, no me acuerdo. Sí, lo cogió él. A lo mejor es eso. A lo mejor por eso, como me lo cogió él, por eso no me preguntó, por eso pensó: psicología. Aunque también tiene el título para lo de los masajes. Lo ha dicho antes. ¿Lo ha dicho? No sé si lo ha dicho o he sido yo, si lo he visto en la pared de fuera. En la pared de la sala de espera. Sí que he pensado: aquí esperan los de psicología y los de los pies. Y he pensado: raro. Y cuando he visto el título de psicología de él y el de los pies de ella, he pensado: ¿ya? Y he mirado y mirado la pared, he mirado por toda la pared con los títulos y los certificados y los diplomas y los cuadros con cosas dentro tratando de encontrar el título de psicología de ella y el de los pies de él, no sé por qué. Y desde que ha dicho que también él tiene el de los pies solo pienso en salir y en mirar otra vez la pared con los títulos y las cosas y encontrar el de los pies de él y el de psicología de ella, porque me parece desde que ha dicho eso que también ella tiene que tener el de psicología, antes me parecía que a lo mejor lo tenía, pero no, ahora, de repente, desde que ha dicho eso, de repente me parece que su mujer también tiene que tener el de psicóloga, y me parece que han tenido que estudiar juntos, que se conocieron en la carrera y que estudiaron juntos y que terminaron juntos y que luego se sacaron el de los pies, también juntos. Y no sé cómo son las prácticas en psicología, pero me imagino las prácticas en lo de los pies, y me los imagino a los dos en un sofá, en el sofá de su casa, con los pies en la mano, cada uno con los pies del otro en la mano, y la tele puesta, no sé por qué. Deja que la vida te conduzca en lugar de querer conducirla tú, me dice. Terminamos. Ya, pienso. Y se mira el reloj. Mueve el brazo y levanta la mano y se la lleva a la barbilla, a la cara, y mira el reloj y dice: vaya, nos hemos pasado. Y lo hace como si no lo supiera. Salgo. Salgo y salgo. Y cuando estoy fuera ya, en su calle, como un árbol de los de su calle, me acuerdo de repente de que no he mirado si estaba colgado el título de psicóloga de su mujer. Ni el suyo de los pies.

Pienso en lo último que me ha dicho. En eso de la vida. ¿Cómo era? Deja que la vida te conduzca. ¿Era así? ¿Deja que la vida te conduzca? A lo mejor no lo ha dicho así. Pero sí, era algo así. Abrazar el amor. Soltar el odio. Que deje que la vida me conduzca. En lugar de querer conducirla yo. La calle está como estaba antes de que entrara. Algo menos clara. ¿Qué hora es? La miro. Un perro ladra lejos. ¿Lejos? Tendría que haberle preguntado por lo de los perros. Por qué me dan tanta cosa. Tanto miedo. Tengo que hacer una lista con las cosas para la próxima consulta. Con lo de los ojos y los de los perros y lo de las puertas.

Fin

Azul

Yo te pregunto, ¿eres ya de otro?,
¿para qué me traes las rosas tardías?
Tú dices, vuelan los sueños, las horas pasan,
¿qué es todo esto: él y yo y tú?

Gottfried Benn
Hora azul

Playa Schichiri de Kamakura, en la provincia de Sagami, por Utagawa Hiroshige I. Año 1.855 aproximadamente.

Una gota. Otra. Otra. El grifo suena. A hueco. A noche. Todos duermen. Tú no puedes. La noche es un hueco. Para el resto del día. Te metes. Te escondes. No duermes. Una gota. Otra. Otra. Una gota se funde en otra. En otra. En las demás. Como un aceite. Apacible. Untuoso. Todo parece espiritual. Profundo. No rezas. ¿Para qué? Todo es espíritu. Casi absoluto. Silencio. Sedante. Sedante silencio. Absoluto. Casi absoluto. El grifo suena. Se hunde. Se pudre. Hemos cenado sardinas. ¿Para qué rezar? Todo es religioso. Fascinante. Un nuevo dios. Hay un nuevo dios. De noche. Gotea. En el suelo. En los ojos. Duele. No tiene nombre. Alrededor de la luna. Como ceniza. Las fibras duelen. Desde el corazón. Chillan. Se abren las cerraduras. Se vuelven a cerrar. El vacío es forma. La forma es vacío. Raíz. Flor. Respiras. Azul. Es azul. Lo sabes. Azul que consume más azul. Azul. Devorándose. Blau. Blau. Blau. Suena a mandíbula. A perro. A uno que guarda algo. ¿El qué? El azul no ha sido nunca un color. Ha sido angustia. Ha sido sombra. Ha sido muerto. Pena por el muerto. No hay azul. ¿Dónde se encuentra? Sin contar el cielo. Sin contar el mar. Homero no lo conocía. Cuando hablaba del ponto, lo llamaba oscuro. No azul: oscuro. No hay azul. Es escaso. Falta. Por eso lo pensamos. Siempre. Sin querer. Pensamos una palabra. Una palabra nueva. Siempre la hemos buscado. Siempre la hemos necesitado. Sin decir. Sin domesticar. Algo callado. Sin recuerdo. Sin poema. Algo del alma. Con raíz. Con flor. Con noche. Una noche nos llega. De repente. Entre la desesperación negra. Entre el blanco puro. Nos llega a la boca. Despertamos. Nos sabe. No puede ser otra palabra. Azul. La boca nos sabe. ¿A qué? A sardinas. A azul. Las sardinas son azules. Las coloreaba así. De niño. En la escuela. Había que hacer un dibujo. Siempre coloreaba peces. Peces azules. Quietos. Fríos. Y en la lata. En la lata aparecían así también. El azul de las sardinas se hunde. Por el fregadero. Con el agua. Lento. Untuoso. Grasiento. Frío. Profundo. Oscuro. Hueco. Lento. Lento.

Azul. Azul. A. Zul.

Si tuviera que elegir una palabra. Quedarme con una. Para siempre. No hablar. No escuchar. Nunca más. Nada más. Si tuviera que elegir. Sería azul. Solo azul. Todos duermen. Tú no puedes. Las sardinas te sientan mal de noche.

Fin

Aritmética

El Libro de los Milagros (Wunderzeichenbuch). Habsburgo. Año 1.550.

1.921

Un cometa es visible desde la tierra cada 20 años y otro cada 25. Si se les vio juntos en el año 1.915, ¿en qué año volverán a coincidir? Lo leo. Lo vuelvo a leer. Don R. dice que leamos los problemas siempre dos veces. Dos o tres veces. Que los leamos bien. Lo leo. Lo leo. Dos cometas. Veinte años. Veinticinco. Veinticinco años el otro. Mil novecientos quince. Juntos. Pasaron juntos. Se los vio juntos. Mil novecientos quince. Miro a mamá. ¿Cuándo nació ella? Mil novecientos algo. ¿Sesenta y uno? Sí, mil novecientos sesenta y uno. Eso son…diez más diez más diez más diez más diez…estamos en dos mil uno…más diez…dos mil once….más…no…mejor restando, sí, don R. dice que restemos, dice que siempre queremos sumar y sumar y que sumando no se llega a nada, que hay que restar. Entonces, dos mil diecinueve menos mil novecientos sesenta y uno…nueve menos uno son ocho…uno menos seis…pero como el uno es menor que el seis, le sumamos diez, con lo que once menos seis son cinco, y tengo que llevarme una y sumarla…cero menos nueve más uno…es…cero, y tengo que llevarme otra, y entonces dos menos uno más una que tenía que llevarme…es…cero otra vez…entonces…sale…sí, cincuenta y ocho, dos mil diecinueve menos mil novecientos sesenta y uno son cincuenta y ocho. Mamá tiene cincuenta y ocho años. La miro. Está con sus deberes también. La miro. La cisterna. Se escucha a papá. Ahora saldrá del baño. A volverse al sofá. Me preguntará. Vuelvo al problema. El cometa. Los dos cometas. Lo leo otra vez. Rápido. Escribo los números. Veinte años. Veinticinco. 20. 25. Se encontraron en mil novecientos quince. 1.915. ¿Se chocarían? Cuando pasa un cometa lo sacan siempre por la tele. Desde casa no se ve. No se puede ver. Lo graban donde sea y enseñan el video. Cuando pasa le pregunto a mamá. Por qué desde casa no se puede ver. Me dice que es por la ciudad. Por las luces. En la ciudad tenemos muchas luces y el cielo no se ve bien. Dice que ella de niña desde casa de sus abuelos lo veía todo, todas las estrellas y los eclipses y todo. ¿Cuándo nació el abuelo? Le pregunto. En el veintiuno. Me dice que en mil novecientos veintiuno. Sus abuelos eran los padres del abuelo. Tenían que ser viejos. Muy viejos. ¿Cuándo nacerían ellos? Ya. Papá sale. Se para. Me pregunta. Me pregunta si he terminado ya el problema. Todavía no, le digo. Él no tardaba tanto. Que él terminaba pronto, dice. Las matemáticas se le daban bien. Muy bien. Sacaba siempre buena nota. Los cometas. Los dos cometas. Veinte años. Veinticinco. Y se encontraron en mil novecientos quince. ¿Cuándo otra vez, cuando volverán a encontrarse? Seguro que lo darán por la tele. Siempre lo dan. Miro a mamá. Sigue con sus deberes. Con su cuaderno de colorear. Con círculos y dibujos. Ella los colorea. Me coge los lápices. Aprieta la lengua. El rojo. El verde. El verde claro. El rosa. El amarillo. El amarillo y el azul dan verde. Me coge el azul. Es el que más gastado tengo. Me gusta el azul. Es el que más me gusta. A mamá también. Me lo coge mucho y colorea sus círculos y sus dibujos. No me deja el cuaderno cuaderno. Que vea sus dibujos. Se enfada. Yo también quiero. Quiero colorear alguno. Pero se enfada. Dice que es solo para mayores. La miro. Con la lengua apretada. Coloreando. Mil novecientos veintiuno. ¿Cuánto es eso? ¿Cuántos años? Dos mil diecinueve menos mil novecientos veintiuno. Nueve menos uno son ocho. Uno menos dos son once menos dos que son nueve y tengo que llevarme una. Cero menos cero es cero. Y me llevo otra. Y dos menos dos son cero otra vez. Noventa y ocho. Sí. El abuelo tendría hoy noventa y ocho años.

Fin

Ruido de dormir

Autobuses frente a la estación principal. Dresde. Año 1.941.

Entran autobuses en la estación. Ahora mismo. Siempre, a todas horas, pero ahora mismo entran tres a la vez. Se ha hecho de noche fuera. No sé. Con la tele no me he dado cuenta. Pienso en bajar a tomar algo. Y no. No tengo ganas de nada. De ver nada. A nadie. Si bajo, me comeré un bocadillo o lo que sea. De jamón o de lo que sea. Pero no. Ya salen. Más. Las puertas enanas no pueden con la gente. No pueden con toda la gente que se baja, que no se reparte bien. Tienen cara de enfado o son las luces, que no arden bien. No sé. Siento un poco de asco. No quiero montarme otra vez. Irme. Mañana. No quiero. No quiero quedarme pero tampoco irme. Es asqueroso. Un monstruo ama su laberinto. Algo así. Algo así he leído. Donde sea. Seguro que sí. Seguro que en Grecia, en esas islas con laberintos y reyes y héroes, el minotauro odiaba lo de fuera. A los de fuera. No me puedo curar. Siento que no. De este asco no. Me levanto a echar las cortinas. Enciendo la lámpara. Me echo en la cama y me vuelvo a levantar a darle al botón de la luz, de la lámpara: a oscuras se está mejor. Con la tele. Miro las imágenes. Quietas, agotadas. Todo lo mío, el pasado, mi pasado, mis recuerdos, todo son imágenes. Todo imágenes. Ha habido otro atentado. Otra bomba en F.. Trato de imaginarme tantos muertos como dice el presentador de las noticias. ¿Cuánta gente se ha bajado del autobús verde? Sí, puede que más o menos los mismos. Unos cuarenta y algo o así. A un autobús de esos le caben unos cincuenta y cinco asientos. Pero no iba lleno. La gente era muy torpe. No se ordenaban. No se turnaban. Para salir. Pero el verde no iba lleno. No. Qué asco. Lo pienso: qué asco. En otra parte del mundo se han cargado a cuarenta y algo con una bomba y aquí otros cuarenta y pico se bajan enfadados de su autobús porque la puerta es enana y no pueden salir bien. Cosas así. Ver cosas así lejos de casa me da asco siempre. En casa también. Pero lejos es peor. Estar fuera de casa me parte el corazón. Quiero decirme algo así. Antes de dormir. Antes de dormirme quiero decirme algo así. Que estoy aquí por el ruido. En el hostal de la estación siempre hay ruido. Casi nadie se aloja aquí. A lo mejor algún conductor. Algún mecánico. No puedo estar en otro sitio. No soporto el silencio. Creo que no. No sé por qué. No sé si es desde lo del abuelo. Ya nadie se acordará del abuelo y yo sigo sin poder dormir bien. Con silencio. Estar fuera de casa me destroza. Casi tanto como estar allí. Ya entra otro. Me levanto. Asomo la cabeza desde la cortina. Este es gris. Va medio vacío. Como un fantasma.

Fin

Sin calle

Charles Chaplin. Tiempos modernos.

Hoy he visto a un hombre con gorra en la calle de la estación. Detrás de la estación. Estaba con un palo. Todo el mundo aparcaba ahí, pero ahora que han puesto macetas a un lado, caben menos coches y en la otra acera están los cubos. Y el hombre con gorra estaba con un gancho, hurgando dentro del de la ropa. A su lado llevaba un carro de supermercado con cables y un microondas y cables que asomaban del microondas. Por detrás del microondas. Y me he parado y he sacado el móvil para no sentirme rara de quedarme así parada, en mitad de la calle, sin hacer nada. Y he hecho como que hablaba. He dicho: ¿sí? No, no estoy en la oficina. Y miraba al hombre, cómo doblaba la espalda y el brazo y cómo se estrujaba para sacar algo de ropa del cubo de la ropa, y la ha sacado, ha sacado una sudadera gris que parecía sucia y una zapatilla. Y la zapatilla era del mismo color sucio que la sudadera, pero blanca, pero a lo mejor la sudadera era simplemente gris y no estaba sucia. La zapatilla sí. Y he pensado: seguro que se mete otra vez. Sí, he dicho: ahora en cuanto llegue te lo mando por correo, mientras no dejaba de mirar de vez en cuando al hombre y pensaba: seguro que ahora se mete otra vez. Pero no. Mientras dejaba de hablar sola, de hacer como que hablaba, el hombre se ha ido, ha echado la sudadera y la zapatilla a su carrito, y se ha ido empujándolo, por donde pasan los coches. Y la sudadera y la zapatilla, como vomitadas junto a los cables y junto al microondas y junto a los cables que asomaban detrás del microondas se han ido con él. Y me he sentido tonta pensando en la otra zapatilla y pensando en que yo habría buscado la otra, porque no se me ocurría que pudieran haber echado una sola. Una sola no. Eso era tonto. Y me he sentido tonta con el móvil en la mano y en la cara y con la mano cansada y lo he guardado, pero antes he dicho: venga, hasta ahora. Y lo he guardado. Y me he ido. Luego al pasar por la librería, en el escaparate tenían el libro del famoso ese que se está muriendo. Y he pensado: ha escrito un libro. Ahora que se muere. Y he pensado: ¿para qué? Creo que sin querer. Y también: para vender. Y he pensado en la familia, en los hijos sobre todo, pero se me ha ocurrido pensar en la familia y me he dicho: para dejarles más dinero. Y luego: pobre. Y en la oficina casi me ha parecido que tenía que escribirle un correo a alguien. Pero ha sonado el teléfono y se me ha olvidado.

Fin

La máscara

Fabricación de una máscara mortuoria o “totenmaske”. Año 1.908.

A lo mejor hay que decir algo. No lo sé. Nadie dice nada. Nadie habla. Miran. Miramos. No sé por qué he entrado. He entrado para verlo. Solo un poco. Solo un segundo. Verlo y salir. Eso he pensado antes. Antes de entrar. Hay velas. Es lo primero que he visto al entrar. Antes que al tío G.. Las velas. Como un ojo. Mirando al lado de la cama. Sucias. Arrastrándose. Mirando por el tío G.. Con los ojos cerrados. Tocando la cama. Las sábanas. ¿Tocando? Tiene la cara extraña. Se la han dejado extraña. No es la suya. ¿Cómo era?

Miro a los primos. Al primo A.. A la tía. A papá. A lo mejor también lo piensan. Miro. Parece que lo piensan también. Lo de la cara del tío G.. Tan extraña. También la tía L. parece otra. Y el primo. Y papá. Sí, todos parecen extraños. Cambiados. Como cambiados. Mirando así la cama. Cansados. Mirando al viejo cansado. Cansándose. No sé por qué he entrado. No sé qué decir. A ratos me parece que con mirar basta. Que mirar y que te vean mirar es bastante. Y estar callado. No saber qué decir. Parece que con eso es bastante. Como las velas. Como el tío G.. Muerto. Muerto. Parece que desde siempre. Siempre tan viejo. Tan enfermo. Las piernas. Los pulmones. La barriga. Siempre. Siempre. Se me ocurre que siempre han estado esperando a que pasara. También yo. Siempre lo hemos esperado. Lo de las piernas. Y después de lo de las piernas lo de los pulmones. No, después no. Antes. Cuando tuvo lo de las piernas ya esperábamos otra cosa. Lo de los pulmones. Y cuando lo de los pulmones otra cosa. Las tripas. Escondido. Era como si lo tuviera todo escondido. Como si lo tuvieran preparado. Como si tuvieran hablado cuándo, cómo salir. Esperando. Siempre esperando. Me parece que lo metieron en su cuarto para esperar. Para que esperara. Para lo de las piernas y lo de los pulmones y lo de las tripas. Para que llegara todo. Para el final. Miro las manos, grandes, cansadas. El tío G. siempre estaba en el campo. Los primos merendaban en casa. Con su madre. Esperando que volviera. Tardaba. Hablaba de la iglesia. En el bar. Volvía y hablaba de la iglesia y de ayudar a construir la nueva cruz. Ya. Nos vamos. Ya. Ya se lo llevan. Nos vamos. En la puerta lo pienso otra vez.

No sé cómo era su cara.

Ya. El coche sale como puede de la calle de la iglesia. En la esquina da por un lado. Todo es estrecho. Se caen flores de una de las coronas. Dos o tres.

Fin

Anochece

Desnudo en Dramont. Marc Chagall. Año 1.955.

Después de las siete. Ya es de noche. Las mesas. Las sillas. Todo ordenado. Y gente. Gente ordenada también. En mesas. En sillas. Beben. Comen. Piden mas bebida, piden más comida, beben más, comen más. Me duele la cabeza. Beben. Comen. Beben y comen y beben y comen.  Si la cabeza no doliera se estaría bien aquí. Como ordenado. Mi mesa. Mi silla. Uno sale. Se sienta ahí. Me pregunto cómo olerá el baño. Lo limpian todos los días, todas las tardes y todas las noches, varias veces todos los días y todas las tardes y todas las noches. Se ven siempre mujeres con fregonas y cubos y agua sucia y agua limpia. Seguro que huelen bien. A ese le llevan un bocadillo. No me da tiempo a ver de qué es. Espero. Espero. Miro y espero. Ya. Queso. Queso y otra cosa. Algo más. Muerde. Espero a que muerda. Muerde y mastica y traga como si no hubiera nadie mirándolo. Como un perro. Ya muerde otra vez. Ya. Tengo que mover la boca. Hago como si comiera también. El suelo. El suelo es negro oscuro. Se ven bien los trozos de cosas. Restos de pan. Azúcar. Servilletas. Dos manchas de aceite. Se ve todo bien. Incluso el azúcar. Ya. Muerde otra vez. Bebe de su cerveza. Me fijo en cómo mueve la cabeza, el cuello y todo. Hay dos. Hay dos clases: los que llevan la comida a la boca y los que no. Los que llevan la boca a la comida. Como un perro. El hombre come así. El suelo es tan negro que lo ve todo. Café. Huele. Ya. Si, huele. Tengo que quedarme en mi mesa. En mi silla. Echo la cabeza atrás. Duele. La espalda y el cuello y los ojos y todo. De todo el día. Después de las siete ya es de noche.

Fin