Nacht

Vista nocturna de la colina Matsuchiyama y del canal Sanya. Cien famosas vistas de Edo. Utagawa Hiroshige.

Es veintidós de enero. Martes. No sé por qué me he aprendido que sea veintidós. No lo sé. A lo mejor lo he visto en un recibo o en las noticias o donde sea. Sí, seguro que en un recibo. Me parece raro que todavía sea veintidós. A las ocho. Que a las ocho de la tarde sea veintidós todavía y que a las ocho las llamen de la tarde, porque es de noche ya. Hace frío y es de noche. Pero las llaman ocho de la tarde y si le pregunto a alguien, a cualquiera, si pregunto seguro que me dicen: hoy es veintidós. Y martes. Y me parece que no. Cuando salgo me parece que no puede seguir siendo el día que sea, aunque todavía no han cerrado todas las cosas, las tiendas y los bares y todas las cosas, aunque todavía no duerme nadie, no me parece que pueda seguir siendo todavía veintidós. Veintidós no. Ni martes. Hace frío. Vamos con las manos en el abrigo y nosotros dentro del abrigo. Hace frío. No sé cómo la gente quiere fumar todavía. Con el viento y con el frío y con el viento frío. En las cajetillas están todavía los avisos. Fotos y avisos. Fotos de carne enferma, de carne muerta. Rojo y negro y avisos que dicen que fumar mata. Que puedes matarte fumando. Fotos de gente que se ha matado de fumar y gente que llora encima del muerto. Pero la gente sigue fumando. Lloran y lloran los de las cajetillas pero la gente fuma y tienen frío en las puertas, hace frío, pero fuman. Deben de tener frío así, sin una mano en los bolsillos del abrigo. Ahora ya no. Es tarde. Son las ocho.

Todos van a casa. En las ventanas hay luz. Las cafeterías tienen ya únicamente gente sola. Beben sus tazas. Me gusta pensar que sorben. Sí, sorben suena mejor. Sorben y miran fuera. Fuera. Hace frío. El café cae caliente. Consuela. La garganta. El abuelo tenía siempre caramelos para la garganta. Comía siempre sus caramelos. Le dolía la garganta. En seguida. Cuando empezaba el frío. En noviembre o así. Pero en enero. En veintidós. Veintidós de enero. Martes. ¿Era martes también? Sí, creo que sí. Era martes y saliste a beber cerveza y te acostaste con el sabor a cerveza en la boca, en la lengua, en los dientes, te acostaste con la boca amarilla y la cabeza fría, como una piedra, como musgo, quieto, pero mamá gritó, gritó, sí, de noche, de repente, hacía frío, el musgo dejó de crecer, la piedra hablaba, gritaba, el grito de mamá estaba en la piedra, en tu cabeza, saltaste de la cama, al abuelo le había pasado algo, había llamado la mujer que lo cuidaba, que dormía con él para cuidarlo, en la casa de los abuelos, aunque no, la abuela ya no estaba, ya no era la casa de los abuelos, era la casa del abuelo, que dormía con la muchacha que mamá y la tía habían contratado para que lo cuidara por las noches, y llamó, al abuelo le había pasado algo, no hablaba, no respondía, tenía la boca rara, mamá gritaba, con al boca como un fuego, gritaba, gritaba y gritaba, hacía frío, saltaste, te habéis quedado dormido, solo un poco, te parecía que solo un poco, la boca te sabía a cerveza todavía, tenías sueño pero no tenías sueño. Os fuisteis. Y mamá estaba enfadada porque habías tardado mucho en cambiarte. Porque habías encendido el calefactor para cambiarte. Lo decía en el coche. Pero hacía frío.

Alguien ha dicho en la oficina que mañana va a llover. Tienes sueño. Los ojos. Los ojos. Todo el día dentro. Pegados. Cosidos. Sí, como cosidos. Uno se cansa. Uno tiene sueño. Las farolas llenan la calle. Las hojas caídas. Marrones. Negras. Son blandas. Es extraño. Se pisan y parecen tan blandas como para dormir encima. Los pobres arreglan los cajeros con mantas y trapos y cosas. Pero no con hojas. Parecen tan cómodas. Hay gente que duerme en camas con algodones y con agua. Con hojas. Seguro que con hojas también se puede dormir. Seguro que hay alguien. Alguien. Farolas. La luz es demasiado lenta. Pero hace nada era temprano y todo el mundo salía y madrugabas y te dolían los ojos de madrugar y de que fuera tan temprano. Ya casi llegas. Ya. Con los ojos cansados. Pero ahora llegarás. Has comprado el pan y el salchichón. Y ahora lo cenarás. Delante de la tele, que cura los ojos. Y todos van a casa. Pero hace nada era temprano. Y mañana. Mañana lo volverás a pensar. Que hace nada era ayer. Ayer. Pero es hoy. Dos abuelos salen de la farmacia. Las bolsas que dan son baratas. Malas. Se ve lo que llevan dentro. Se ve la caja con pañales. Van del brazo. Como si uno de los dos fuera a caerse. Ya llegas a casa. No son las ocho de la tarde. Es de noche. De noche.

Fin

Verano de mil novecientos y algo

Viña vieja hundida en el suelo.

Ya no está. Ya no vive nadie allí. Pero el amigo del abuelo tenía siempre uvas. Siempre. Íbamos a su casa. Nos sentábamos con él. El abuelo sabía que me gustaban mucho e íbamos. Ataba al perro. El abuelo lo acariciaba para que viera que no pasaba nada, que no hacía nada. Pero luego lo ataba. Sabía que me daba miedo. Y nos sentábamos con el hombre, que me cogía las más dulces. El patio era verde. Se estaba bien. Olía a verano. Ellos se bebían su copa de lo que fuera. De vino o de lo que fuera. A veces me dejaban probar. Mojarme los labios. Y hablaban. De la guerra o del campo. Yo seguía con mis uvas. Miraba al perro. Su cuerda. Se estaba bien. Hoy he pasado por la casa. No sé por qué. Todo está sucio. Todo está viejo. Ya no vive nadie allí.

Fin