Nadie / Niemand

Dedicatoria de Federico García Lorca a Antonia Mercé en su ejemplar del Primer Romancero Gitano.

La psicóloga me ha dicho que le hable a algo. Al mando de la tele o a la nevera. Al invierno. A algo. Pero no solo. Que intente no hablar solo. No hablarme. Me he comprado una planta. La de la tienda me ha dicho lo que es. Cuando se la he señalado me lo ha dicho: algo. No me acuerdo. En la acera hay limones. Ahora me doy cuenta. Si alguien me pregunta ahora qué hay en la acera, lo sé en seguida: limones. Esta mañana no. Lo gracioso es que esta mañana antes de salir de la tienda de las plantas, de la floristería, porque casi todo lo que tienen son flores, antes de salir de allí con mi planta nueva no sabía que había limones plantados en la acera. Había árboles, pero nada más. Es raro. Los árboles siempre han sido árboles para mí. Si lo pienso, puedo acordarme de algunos, de los nombres de algunos. Recuerdo: almendro, castaño, avellano, abedul, roble, pino, ciprés. Y encina. Y fresno. No sé, si lo pienso, seguro que me sale alguno más. Seguro que me acuerdo de más. Pero los árboles de la acera siempre han sido árboles para mí, me parecían árboles. Si me preguntaban, aunque nadie me ha preguntado nunca por eso, por los árboles, por los limoneros de la acera, pero si lo hicieran, si me preguntaran por los limoneros, por los árboles de la acera, habría dicho eso: árboles. Nada más salir de la tienda con mi planta nueva me he dado cuenta de los limones y de los limoneros. De los limones antes y de los limoneros después. Si pienso en limones pienso en limones y no en limoneros. En limoneros pienso solo después, algo después, cuando ya he pensado todo lo que tenía que pensar en limones. Entonces me he acordado de lo que me ha dicho la psicóloga. Limón. Cuando le he preguntado al árbol, al limonero cómo se llamaba, me ha dicho eso, que limón. Que se llamaba limón. Raro, he pensado en seguida. Un limonero que se llama limón. Y si un limonero se llama limón, no es raro pensar que un limón diga que se llama limonero. Porque un limón que se llame limón sería lo normal, me ha parecido. Y lo he pensado. Y pensando en que un limón no tiene por qué llamarse limón, que puede llamarse como quiera, limón, limonero, árbol o periódico, con eso me he quedado un rato quieto delante del limonero que tiene la tienda de las plantas, la floristería, enfrente. Soy limón. Así me ha dicho. Y lo entendía. Entendía al limonero de delante de la tienda de las plantas. Le había preguntado cómo se llamaba solo por lo que me acababa de decir la psicóloga. Me ha dicho antes de salir: habla con lo que sea. Nadie lo ha escuchado. Pero estaba hablando. De repente hablaba. De repente el árbol-limonero hablaba. Y ha dicho más cosas además de eso de que se llamaba limón. Ha dicho que nadie lo escucha. Que hace frío. Que no le gustan los coches. Que sueltan mucho humo. Y que no puede respirar. Que tiene los pulmones destrozados. Por los coches. Por el frío. Destrozados, ha dicho que le ha dicho el médico. Que se va a ir. Que tiene que irse al campo. En la ciudad no. Que en la ciudad no puede seguir, ha dicho. Y de quién soy. De quién soy también lo ha dicho. No lo ha dicho: lo ha preguntado. Lo ha preguntado ahí, en mitad de la calle, en la acera, delante de la tienda de plantas, de la floristería. Un árbol, un limonero que pregunta de quién es delante de una tienda de plantas. Que dice que nadie lo escucha. Nadie.

Fin

Un cuaderno

Extracto del manuscrito original para las “Investigaciones filosóficas“. Ludwig Wittgenstein. Año 1.936.

Siéntate. Siéntate y trabaja. No tienes nada. Me digo que no tengo nada. Me digo: no vayas al baño más. Voy a mirarme los ojos. Pero con la luz no me los veo bien. La luz del baño ha llegado a hacérseme odiosa. Es la luz que más odio en el mundo. Está mal puesta, los focos están mal puestos y dan mal sobre la cara. Hacen ojeras y no dejan ver bien los ojos. Y la ventana es pequeña. No entra luz bien. No tienes nada. Diciéndome que no tengo nada me siento otra vez. Me he levantado ya seis o siete veces. Por el agua. Bebo mucha agua para que no parezca que me levanto porque sí. La oficina. La oficina. La oficina. Me lo digo tres veces. Me viene a la cabeza el salón de casa de los abuelos y al abuelo en medio del salón. Y sus ojos. Sus ojos como piedras. Quietos. Fríos. Sus ojos como piedras de río. Ahora la oficina. A trabajar. Estás sentado: trabaja. No tienes ojeras. En el baño parece que sí, pero no. Y no te miran. No te están mirando. No. De vuelta a mi mesa me paro en la ventana. Solo un poco. Abajo algunas hojas con los ojos marrones y amarillos. Vuelvo a mis recibos. Hoy tengo que sacar el correo. Tengo que mandar todo. Que le llegue a la gente antes del viernes. Quiero comprarme un cuaderno. No un cuaderno cualquiera. No sé qué quiero escribir. No sé si quiero escribir. Pero he visto un cuaderno de papel de algodón. Es caro, pero es de algodón. Lo toqué en la tienda. No lo toqué porque estaba envuelto en celofán, pero lo sostuve y pensé en cómo sería tocarlo. Y después pensé: lo compro. Pero no lo compré. Y quiero comprarlo. No sé. Después de todo el día tocando papel, quiero comprarme un cuaderno de papel de algodón y tocarlo. Solo tocarlo. El otro día le preguntaron a S. qué le habían regalado por su cumpleaños. Y S. contó lo que le habían regalado, contó que le habían regalado una camisa su madre, un cinturón no sé quién y una tarta de dos chocolates. Y contó que las velas eran de número. Que no le pusieron velas como siempre, como otros años, que le compraron dos velas con número, una con el cuatro y otra con el dos. Y mientras contaba lo de la camisa que le había regalado su madre, lo del cinturón y lo de los dos chocolates de la tarta, yo pensaba en comprarme algo, y nunca pienso en eso, en comprarme nada, pero no sé, quizá el cuaderno era lo único que alguna vez se me había ocurrido, y se me ocurrió de repente, cuando estaba con un recibo de abril, y me dije de comprármelo. Corto un trozo de hoja sucia. Escribo: cuaderno. Y me lo meto en el bolsillo.

Fin

Romance

La psicología del romance. Hans Kern. Año 1.937.

Hay que amar. Hay gente que se resiste y que por eso enferma. Estamos en un cambio de conciencia muy fuerte. Miro cómo ha pronunciado la palabra fuerte y trato de apretar los dientes contra el labio de abajo, como para decirlo también: fuerte. Pienso: fuerte. Estoy allí, con mis dientes, con mis labios, con mis ojos, mirando lo que me dice el psicólogo. Porque si piensas en tus miedos…sigue hablando. Es raro. Estar en el psicólogo se me hace raro. Pensaba: psicólogo. Y pensaba en la cabeza. En mi cabeza. Pensaba en que iba a estar ahí, con el hombre del anuncio en el buzón, y pensaba en mi cabeza y en que iba a estar ahí con él y con mi cabeza, pero ahora solo se me ocurre pensar en mis dientes y en mis labios y en mis ojos mirando cómo pronuncia las palabras que pronuncia. ¿Le digo eso de que no puedo mirar bien a los ojos? No lo sé. A lo mejor ya se ha dado cuenta. El psicólogo del anuncio, pienso. Y me acuerdo del papel en que se anunciaba y del buzón y de que cuando lo saqué también saqué otro papel de una carnicería nuevo en la que sorteaban un jamón. ¿Cuándo era? Intento acordarme del sorteo del jamón. Pero no. Nada. No sé si lo tiré o no. ¿Crees que yo no tengo miedos? El hombre sigue. Tiene la lengua rosa. Cuando pronuncia algo se la veo. Eso está bien. Hay que tenerla rosa. Blanca es malo. Y verde. Y amarilla. Hay que tenerla color carne. Rosa. Lo leí una vez. He llegado puntual. He llegado a la hora que quedamos por teléfono. Pero llevamos ya más. ¿Cuánto cobrará por hora? Llevamos ya sesenta y algo minutos. Sesenta y siete, creo. No quiero mirar el reloj. Mi reloj. Pero le miro el de su muñeca. Lleva reloj y se lo miro. Con mis ojos. Mientras habla. Lo que sea menos mirarle a los ojos. No puedo mirar a los ojos, no mucho, no bien, cuando me hablan. Ni tampoco cuando hablo. No puedo. ¿Se habrá dado cuenta ya? Sí, ha tenido que notármelo. Ha tenido que verlo, que no miro a los ojos. Tiene que estar ciego si no se ha dado cuenta aún. Y le miro la muñeca de nuevo. De vez en cuando la pone hacia mí y puedo ver bien la hora que es. Mueve mucho las manos. Y los brazos. Los brazos y las manos. Como para decir. Hay gente que habla así, con la boca y con los brazos y con las manos, con la boca diciendo y con los brazos y con las manos y con los gestos como para decir también, como queriendo decir. Y hay gente que no mira a los ojos cuando habla o cuando le hablan. Y van al psicólogo. Pero los que hablan también con los brazos y con las manos no. O este al menos no. ¿Cuánto irá a cobrarme? A lo mejor mientras habla y mueve los brazos y las manos piensa también en lo mismo, en cuánto va a cobrarme. A lo mejor por ser el primer día no va a cobrarme más de una hora. A lo mejor lo está alargando pensando en no cobrarme todo, pensando en cobrarme solo la hora y que me vaya pensando: solo me ha cobrado una hora. A lo mejor por eso mueve tanto los brazos y las manos, el brazo izquierdo y la mano izquierda más, más que el los otros, que el derecho y la derecha, para que vea el reloj y la hora que es y que nos hemos pasado de la hora ya. A lo mejor es eso. Y piensa: uno que no puede mirar a los ojos cuando habla ni cuando le hablan…seguro que se va tocado a casa si nos pasamos. Seguro que me llama en seguida para otra consulta. ¿Cómo se reparten las llamadas aquí? Si la mujer es la que da los masajes en los pies, ¿cómo saben que uno que llama no es para eso? Es raro. Al entrar me ha parecido raro. He pensado: raro. Ya al llamarle, cuando me dijo: clínica de masaje. Ya entonces me pareció raro. Y pensaba en mí y en mí viniendo aquí, a la consulta del psicólogo que además da masajes en los pies. Porque la que se anuncia para masajes en los pies es la mujer. Pero antes ha dicho que también él daba. Que también él tenía el título. ¿Lo ha dicho? No lo sé. Intento acordarme del buzón y del folleto del psicólogo. Me acuerdo del papel de la carnicería y del sorteo del jamón, pero no me acuerdo de si había algo más. Siempre hay algo más, algún folleto más, pero no sé si había alguno de masajes en los pies. Si los da la mujer, seguro que hicieron dos folletos, uno para la consulta de psicología y otro para la consulta de podología o como se llame. Sí, seguro. Así se ahorran algo. En el reparto o en la imprenta o en algo seguro que se ahorran algo. En la oficina lo hacemos así. Pero no sé. Es raro. En la oficina cuando cojo el teléfono siempre es para lo mismo. Casi siempre es para lo mismo. Llaman y les miro lo que les viene de seguro este año. Y dicen que es caro. O no dicen nada. O se han dado un golpe con una columna del garaje y llaman para preguntar qué se hace. Que qué hacen, preguntan. Y les paso con los de siniestros. Y ya. Pero aquí…¿cómo lo hacen? Si uno llama, cuando uno llama, ¿le preguntan si es para psicología o para lo de los masajes en los pies? ¿Qué te preguntaron? Intento acordarme. No, no me acuerdo. Sí, lo cogió él. A lo mejor es eso. A lo mejor por eso, como me lo cogió él, por eso no me preguntó, por eso pensó: psicología. Aunque también tiene el título para lo de los masajes. Lo ha dicho antes. ¿Lo ha dicho? No sé si lo ha dicho o he sido yo, si lo he visto en la pared de fuera. En la pared de la sala de espera. Sí que he pensado: aquí esperan los de psicología y los de los pies. Y he pensado: raro. Y cuando he visto el título de psicología de él y el de los pies de ella, he pensado: ¿ya? Y he mirado y mirado la pared, he mirado por toda la pared con los títulos y los certificados y los diplomas y los cuadros con cosas dentro tratando de encontrar el título de psicología de ella y el de los pies de él, no sé por qué. Y desde que ha dicho que también él tiene el de los pies solo pienso en salir y en mirar otra vez la pared con los títulos y las cosas y encontrar el de los pies de él y el de psicología de ella, porque me parece desde que ha dicho eso que también ella tiene que tener el de psicología, antes me parecía que a lo mejor lo tenía, pero no, ahora, de repente, desde que ha dicho eso, de repente me parece que su mujer también tiene que tener el de psicóloga, y me parece que han tenido que estudiar juntos, que se conocieron en la carrera y que estudiaron juntos y que terminaron juntos y que luego se sacaron el de los pies, también juntos. Y no sé cómo son las prácticas en psicología, pero me imagino las prácticas en lo de los pies, y me los imagino a los dos en un sofá, en el sofá de su casa, con los pies en la mano, cada uno con los pies del otro en la mano, y la tele puesta, no sé por qué. Deja que la vida te conduzca en lugar de querer conducirla tú, me dice. Terminamos. Ya, pienso. Y se mira el reloj. Mueve el brazo y levanta la mano y se la lleva a la barbilla, a la cara, y mira el reloj y dice: vaya, nos hemos pasado. Y lo hace como si no lo supiera. Salgo. Salgo y salgo. Y cuando estoy fuera ya, en su calle, como un árbol de los de su calle, me acuerdo de repente de que no he mirado si estaba colgado el título de psicóloga de su mujer. Ni el suyo de los pies.

Pienso en lo último que me ha dicho. En eso de la vida. ¿Cómo era? Deja que la vida te conduzca. ¿Era así? ¿Deja que la vida te conduzca? A lo mejor no lo ha dicho así. Pero sí, era algo así. Abrazar el amor. Soltar el odio. Que deje que la vida me conduzca. En lugar de querer conducirla yo. La calle está como estaba antes de que entrara. Algo menos clara. ¿Qué hora es? La miro. Un perro ladra lejos. ¿Lejos? Tendría que haberle preguntado por lo de los perros. Por qué me dan tanta cosa. Tanto miedo. Tengo que hacer una lista con las cosas para la próxima consulta. Con lo de los ojos y los de los perros y lo de las puertas.

Fin

Azul

Yo te pregunto, ¿eres ya de otro?,
¿para qué me traes las rosas tardías?
Tú dices, vuelan los sueños, las horas pasan,
¿qué es todo esto: él y yo y tú?

Gottfried Benn
Hora azul

Playa Schichiri de Kamakura, en la provincia de Sagami, por Utagawa Hiroshige I. Año 1.855 aproximadamente.

Una gota. Otra. Otra. El grifo suena. A hueco. A noche. Todos duermen. Tú no puedes. La noche es un hueco. Para el resto del día. Te metes. Te escondes. No duermes. Una gota. Otra. Otra. Una gota se funde en otra. En otra. En las demás. Como un aceite. Apacible. Untuoso. Todo parece espiritual. Profundo. No rezas. ¿Para qué? Todo es espíritu. Casi absoluto. Silencio. Sedante. Sedante silencio. Absoluto. Casi absoluto. El grifo suena. Se hunde. Se pudre. Hemos cenado sardinas. ¿Para qué rezar? Todo es religioso. Fascinante. Un nuevo dios. Hay un nuevo dios. De noche. Gotea. En el suelo. En los ojos. Duele. No tiene nombre. Alrededor de la luna. Como ceniza. Las fibras duelen. Desde el corazón. Chillan. Se abren las cerraduras. Se vuelven a cerrar. El vacío es forma. La forma es vacío. Raíz. Flor. Respiras. Azul. Es azul. Lo sabes. Azul que consume más azul. Azul. Devorándose. Blau. Blau. Blau. Suena a mandíbula. A perro. A uno que guarda algo. ¿El qué? El azul no ha sido nunca un color. Ha sido angustia. Ha sido sombra. Ha sido muerto. Pena por el muerto. No hay azul. ¿Dónde se encuentra? Sin contar el cielo. Sin contar el mar. Homero no lo conocía. Cuando hablaba del ponto, lo llamaba oscuro. No azul: oscuro. No hay azul. Es escaso. Falta. Por eso lo pensamos. Siempre. Sin querer. Pensamos una palabra. Una palabra nueva. Siempre la hemos buscado. Siempre la hemos necesitado. Sin decir. Sin domesticar. Algo callado. Sin recuerdo. Sin poema. Algo del alma. Con raíz. Con flor. Con noche. Una noche nos llega. De repente. Entre la desesperación negra. Entre el blanco puro. Nos llega a la boca. Despertamos. Nos sabe. No puede ser otra palabra. Azul. La boca nos sabe. ¿A qué? A sardinas. A azul. Las sardinas son azules. Las coloreaba así. De niño. En la escuela. Había que hacer un dibujo. Siempre coloreaba peces. Peces azules. Quietos. Fríos. Y en la lata. En la lata aparecían así también. El azul de las sardinas se hunde. Por el fregadero. Con el agua. Lento. Untuoso. Grasiento. Frío. Profundo. Oscuro. Hueco. Lento. Lento.

Azul. Azul. A. Zul.

Si tuviera que elegir una palabra. Quedarme con una. Para siempre. No hablar. No escuchar. Nunca más. Nada más. Si tuviera que elegir. Sería azul. Solo azul. Todos duermen. Tú no puedes. Las sardinas te sientan mal de noche.

Fin

Aritmética

El Libro de los Milagros (Wunderzeichenbuch). Habsburgo. Año 1.550.

1.921

Un cometa es visible desde la tierra cada 20 años y otro cada 25. Si se les vio juntos en el año 1.915, ¿en qué año volverán a coincidir? Lo leo. Lo vuelvo a leer. Don R. dice que leamos los problemas siempre dos veces. Dos o tres veces. Que los leamos bien. Lo leo. Lo leo. Dos cometas. Veinte años. Veinticinco. Veinticinco años el otro. Mil novecientos quince. Juntos. Pasaron juntos. Se los vio juntos. Mil novecientos quince. Miro a mamá. ¿Cuándo nació ella? Mil novecientos algo. ¿Sesenta y uno? Sí, mil novecientos sesenta y uno. Eso son…diez más diez más diez más diez más diez…estamos en dos mil uno…más diez…dos mil once….más…no…mejor restando, sí, don R. dice que restemos, dice que siempre queremos sumar y sumar y que sumando no se llega a nada, que hay que restar. Entonces, dos mil diecinueve menos mil novecientos sesenta y uno…nueve menos uno son ocho…uno menos seis…pero como el uno es menor que el seis, le sumamos diez, con lo que once menos seis son cinco, y tengo que llevarme una y sumarla…cero menos nueve más uno…es…cero, y tengo que llevarme otra, y entonces dos menos uno más una que tenía que llevarme…es…cero otra vez…entonces…sale…sí, cincuenta y ocho, dos mil diecinueve menos mil novecientos sesenta y uno son cincuenta y ocho. Mamá tiene cincuenta y ocho años. La miro. Está con sus deberes también. La miro. La cisterna. Se escucha a papá. Ahora saldrá del baño. A volverse al sofá. Me preguntará. Vuelvo al problema. El cometa. Los dos cometas. Lo leo otra vez. Rápido. Escribo los números. Veinte años. Veinticinco. 20. 25. Se encontraron en mil novecientos quince. 1.915. ¿Se chocarían? Cuando pasa un cometa lo sacan siempre por la tele. Desde casa no se ve. No se puede ver. Lo graban donde sea y enseñan el video. Cuando pasa le pregunto a mamá. Por qué desde casa no se puede ver. Me dice que es por la ciudad. Por las luces. En la ciudad tenemos muchas luces y el cielo no se ve bien. Dice que ella de niña desde casa de sus abuelos lo veía todo, todas las estrellas y los eclipses y todo. ¿Cuándo nació el abuelo? Le pregunto. En el veintiuno. Me dice que en mil novecientos veintiuno. Sus abuelos eran los padres del abuelo. Tenían que ser viejos. Muy viejos. ¿Cuándo nacerían ellos? Ya. Papá sale. Se para. Me pregunta. Me pregunta si he terminado ya el problema. Todavía no, le digo. Él no tardaba tanto. Que él terminaba pronto, dice. Las matemáticas se le daban bien. Muy bien. Sacaba siempre buena nota. Los cometas. Los dos cometas. Veinte años. Veinticinco. Y se encontraron en mil novecientos quince. ¿Cuándo otra vez, cuando volverán a encontrarse? Seguro que lo darán por la tele. Siempre lo dan. Miro a mamá. Sigue con sus deberes. Con su cuaderno de colorear. Con círculos y dibujos. Ella los colorea. Me coge los lápices. Aprieta la lengua. El rojo. El verde. El verde claro. El rosa. El amarillo. El amarillo y el azul dan verde. Me coge el azul. Es el que más gastado tengo. Me gusta el azul. Es el que más me gusta. A mamá también. Me lo coge mucho y colorea sus círculos y sus dibujos. No me deja el cuaderno cuaderno. Que vea sus dibujos. Se enfada. Yo también quiero. Quiero colorear alguno. Pero se enfada. Dice que es solo para mayores. La miro. Con la lengua apretada. Coloreando. Mil novecientos veintiuno. ¿Cuánto es eso? ¿Cuántos años? Dos mil diecinueve menos mil novecientos veintiuno. Nueve menos uno son ocho. Uno menos dos son once menos dos que son nueve y tengo que llevarme una. Cero menos cero es cero. Y me llevo otra. Y dos menos dos son cero otra vez. Noventa y ocho. Sí. El abuelo tendría hoy noventa y ocho años.

Fin

Ruido de dormir

Autobuses frente a la estación principal. Dresde. Año 1.941.

Entran autobuses en la estación. Ahora mismo. Siempre, a todas horas, pero ahora mismo entran tres a la vez. Se ha hecho de noche fuera. No sé. Con la tele no me he dado cuenta. Pienso en bajar a tomar algo. Y no. No tengo ganas de nada. De ver nada. A nadie. Si bajo, me comeré un bocadillo o lo que sea. De jamón o de lo que sea. Pero no. Ya salen. Más. Las puertas enanas no pueden con la gente. No pueden con toda la gente que se baja, que no se reparte bien. Tienen cara de enfado o son las luces, que no arden bien. No sé. Siento un poco de asco. No quiero montarme otra vez. Irme. Mañana. No quiero. No quiero quedarme pero tampoco irme. Es asqueroso. Un monstruo ama su laberinto. Algo así. Algo así he leído. Donde sea. Seguro que sí. Seguro que en Grecia, en esas islas con laberintos y reyes y héroes, el minotauro odiaba lo de fuera. A los de fuera. No me puedo curar. Siento que no. De este asco no. Me levanto a echar las cortinas. Enciendo la lámpara. Me echo en la cama y me vuelvo a levantar a darle al botón de la luz, de la lámpara: a oscuras se está mejor. Con la tele. Miro las imágenes. Quietas, agotadas. Todo lo mío, el pasado, mi pasado, mis recuerdos, todo son imágenes. Todo imágenes. Ha habido otro atentado. Otra bomba en F.. Trato de imaginarme tantos muertos como dice el presentador de las noticias. ¿Cuánta gente se ha bajado del autobús verde? Sí, puede que más o menos los mismos. Unos cuarenta y algo o así. A un autobús de esos le caben unos cincuenta y cinco asientos. Pero no iba lleno. La gente era muy torpe. No se ordenaban. No se turnaban. Para salir. Pero el verde no iba lleno. No. Qué asco. Lo pienso: qué asco. En otra parte del mundo se han cargado a cuarenta y algo con una bomba y aquí otros cuarenta y pico se bajan enfadados de su autobús porque la puerta es enana y no pueden salir bien. Cosas así. Ver cosas así lejos de casa me da asco siempre. En casa también. Pero lejos es peor. Estar fuera de casa me parte el corazón. Quiero decirme algo así. Antes de dormir. Antes de dormirme quiero decirme algo así. Que estoy aquí por el ruido. En el hostal de la estación siempre hay ruido. Casi nadie se aloja aquí. A lo mejor algún conductor. Algún mecánico. No puedo estar en otro sitio. No soporto el silencio. Creo que no. No sé por qué. No sé si es desde lo del abuelo. Ya nadie se acordará del abuelo y yo sigo sin poder dormir bien. Con silencio. Estar fuera de casa me destroza. Casi tanto como estar allí. Ya entra otro. Me levanto. Asomo la cabeza desde la cortina. Este es gris. Va medio vacío. Como un fantasma.

Fin

Sin calle

Charles Chaplin. Tiempos modernos.

Hoy he visto a un hombre con gorra en la calle de la estación. Detrás de la estación. Estaba con un palo. Todo el mundo aparcaba ahí, pero ahora que han puesto macetas a un lado, caben menos coches y en la otra acera están los cubos. Y el hombre con gorra estaba con un gancho, hurgando dentro del de la ropa. A su lado llevaba un carro de supermercado con cables y un microondas y cables que asomaban del microondas. Por detrás del microondas. Y me he parado y he sacado el móvil para no sentirme rara de quedarme así parada, en mitad de la calle, sin hacer nada. Y he hecho como que hablaba. He dicho: ¿sí? No, no estoy en la oficina. Y miraba al hombre, cómo doblaba la espalda y el brazo y cómo se estrujaba para sacar algo de ropa del cubo de la ropa, y la ha sacado, ha sacado una sudadera gris que parecía sucia y una zapatilla. Y la zapatilla era del mismo color sucio que la sudadera, pero blanca, pero a lo mejor la sudadera era simplemente gris y no estaba sucia. La zapatilla sí. Y he pensado: seguro que se mete otra vez. Sí, he dicho: ahora en cuanto llegue te lo mando por correo, mientras no dejaba de mirar de vez en cuando al hombre y pensaba: seguro que ahora se mete otra vez. Pero no. Mientras dejaba de hablar sola, de hacer como que hablaba, el hombre se ha ido, ha echado la sudadera y la zapatilla a su carrito, y se ha ido empujándolo, por donde pasan los coches. Y la sudadera y la zapatilla, como vomitadas junto a los cables y junto al microondas y junto a los cables que asomaban detrás del microondas se han ido con él. Y me he sentido tonta pensando en la otra zapatilla y pensando en que yo habría buscado la otra, porque no se me ocurría que pudieran haber echado una sola. Una sola no. Eso era tonto. Y me he sentido tonta con el móvil en la mano y en la cara y con la mano cansada y lo he guardado, pero antes he dicho: venga, hasta ahora. Y lo he guardado. Y me he ido. Luego al pasar por la librería, en el escaparate tenían el libro del famoso ese que se está muriendo. Y he pensado: ha escrito un libro. Ahora que se muere. Y he pensado: ¿para qué? Creo que sin querer. Y también: para vender. Y he pensado en la familia, en los hijos sobre todo, pero se me ha ocurrido pensar en la familia y me he dicho: para dejarles más dinero. Y luego: pobre. Y en la oficina casi me ha parecido que tenía que escribirle un correo a alguien. Pero ha sonado el teléfono y se me ha olvidado.

Fin