Los ahorcados

Los ahorcados, por Leon Spilliaert. Año 1.912.

Mañana es el día de los muertos. Había gente en la puerta de la floristería esta mañana. Antes de que estuviera abierta. Esperando. Casi todo mujeres mayores. Y hombres. Viejos también. Todos queriendo comprar flores para sus muertos. Para mañana. He visto otra vez a la abuela de enfrente. La que está a veces en la ventana. La recogen a las ocho y poco, sí. Hoy otra vez. Cada mañana. El muchacho de la residencia la sube a la furgoneta y se van. En un lateral pone: centro de mayores. Sube a buscarla. Bajan. La deja en la puerta. En su silla de ruedas. Hace frío. La mujer lleva una manta sobre las piernas. Echada. Monta la rampa el muchacho y vuelve. Y la sube. Y se sube él también. Y arranca y se van. Hace frío. El tubo de escape parece que tose. Mañana no abren nada. Es el día de los muertos. No abren las oficinas ni las tiendas y a lo mejor tampoco el centro para mayores. Llevo pan y salchichón y cerveza para dos días. El supermercado estaba lleno. Me gusta cuando llego y es tarde. Y todo está cerrado. Y quieto. Y callado. Ahí un cubo. Estoy al lado de la floristería. Me doy cuenta. Huelen. Cortados. Trozos verdes. Se contagian. Unos a otros. Se olvidan. Se oxidan. Se pudren. En silencio. Despacio. Quietos. A pesar del frío. En el portal pone que el lunes encienden la calefacción.

Fin

Sin título

Ohne Titel (Sin título), por Axel Kasserböhmer. Año 1.993.

Miro enfrente. Al hombre le ponen ya la comida. Sopa. Parece sopa. Un plato redondo. Blanco. La muchacha lo lleva con cuidado. Despacio. Despacio. Redondo. Blanco. Se acerca. Lo deja en la mesa. Despacio. Delante de él. Ya. Y se vuelve a la cocina. La veo. Cruza. Saca algo del microondas ahora. El hombre no se mueve aún. Mira la tele. No se mueve. No me gusta. La que lo cuida ahora. Vuelve. Vuelve la muchacha. Se sienta. Mira que coma. A su lado. Está sentada a su lado y mira que el hombre coma. Con su cuchara. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Le dice algo. Le señala a la mesa. Mamá decía que había que comer así. Que se acercaba la comida a la boca. No al revés. Que así era como se comía con educación. Voy a la nevera. Saco la carne de anoche. Caliento el plato también. Gira. Gira. Bajo la luz amarilla. Gira. ¿Qué hora es? Da igual. Pienso en cortarme lechuga o algo. Pero no. Va a terminar el microondas ya. Vuelvo a la ventana. El hombre come despacio. Como sin hambre. La muchacha que lo cuida no me gusta. Es mandona. Miro abajo. La calle. Entre los árboles. Arreglada, viene gente de misa.

Fin

Perros (Hunde)

Hugo Erfurth con perro. Otto Dix. Año 1.926.

Piedras. Siempre piedras. Las ruedas tropiezan. Pero llegamos. Papá se queja del camino del cementerio. De que no lo arreglen. Y de los perros sueltos. Pero llegamos. No hay nadie. Ni el cuidador. El hombre va todos los días a misa. Dos veces. Todas las mañanas y todas las tardes. Es el que ayuda al cura con las cosas. Los domingos lo miro. Lleva siempre la misma camisa. La misma o una muy parecida a la de siempre. Hay velas encendidas. Ha habido gente. Paseamos. Todo está seco. ¿Cómo crecen los árboles? Aquí está mi abuela. Aquí mi abuelo, dice. Y vuelve a la entrada. Miro donde señala. No pone cuándo nacieron. Cuándo murieron. Solo la edad. Setenta y seis años. Ochenta y dos. ¿El tío G. vendrá alguna vez? No se hablan. No se hablaba con el abuelo. No se habla con la abuela. No se habla con papá. ¿Se hablaría con ellos? ¿Con los padres de sus padres? Papá está otra vez a mi lado. Ha llenado un jarrón vacío en el grifo de la entrada. Lo derrama un poco sobre su abuelo. Echa lo que queda sobre su abuela. Huele a tierra. A cuando llueve. El agua desaparece. La mancha marrón oscuro es como una boca. Así crecen los muertos, pienso. Todo está tan seco. Se queda callado. A lo mejor reza. Pienso que va a decir que recemos. Pero no. Nada. Salimos. Deja el jarrón seco donde estaba y salimos. Cuando pasamos la calle de los perros, me dice que la abuela está mayor. Que por eso tose tanto. Yo sigo mirando hacia atrás. Para ver cuántos salen a ladrarnos. Cuántos nos chillan. Roncos. Fuerte. Como para que nos vayamos. Uno nos grita más que el resto. Uno marrón claro.

Fin

Un diario

Pintura al óleo de un pez, por Hartmut Eing.

El semáforo está verde. Otra vez. No cruzamos. Casi nadie se mueve. Un policía nos apunta todavía. Con la mano en alto. Señala a los que pasan con el otro brazo. No terminan. Miro la fila de ciclistas. Como hormigas. Tan apretada. No termina. No sé cómo no se caen. Todos llevan la misma ropa. El mismo rojo. Los cuento. Desde el nosecuántos. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Entre el cuatro y el cinco un hueco. Seis. Siete. Ocho. Nueve. Así hasta que me canso. Tengo tres páginas escritas. J. me dijo que anotara lo que hicieran los peces. Todo lo que hicieran. En la oficina hoy he pensado en ellos. En cómo estarán. No se hacen caso. No se miran. No se hablan. No se comen. Un hombre mayor se queja de la carrera. De que permitan hacerla en mitad de la calle. Que no nos pueden dejar aquí sin pasar, dice. Lo miro. Lleva bastón. Miro el bastón. Como si me mirara los zapatos. Si lo pienso, nunca he mirado uno. A veces me pasa. Con las llaves de casa. Con una hormiga. A veces me quedo quieto con una baldosa. Con las baldosas alrededor de la primera baldosa. Ya pasan los últimos. El viejo resopla. Mira al policía y dice: payaso. Pienso en si con las tres páginas será bastante. Cuando J. vuelva. Su madre siempre escribe más. Cuando le dejamos sus peces para que los cuide. En vacaciones. Escribe más de una página al día. Una página y media o más. J. lo lee todo esa misma noche. El mismo día que regresamos, esa noche, lo lee todo. Como un diario. Veintiuno del ocho. Catorce y veintidós. Hoy tardan más en comer. El amarillo no. El amarillo termina en seguida. Como siempre. Pero el resto se queda un tiempo nadando. Buscando más. Catorce y treinta y siete. Casi todos se han escondido debajo de las piedras. Los blancos siguen buscando más comida. El agua está bien. No hace falta limpiarla todavía. Como un diario. Antes tenía peces nocturnos. No podía darles la luz. No comían. Había que bajar las persianas. Apagar el televisor. No cenar en el salón. No comían. No comían. Ya han terminado de pasar los de la carrera. Ya podemos cruzar. El viejo resopla todavía. Todos cruzan. Cruzo. El semáforo está rojo. Tengo que comprar más comida para los peces.

Fin

Dieciocho de agosto

Dibujo de Federico García Lorca. Año 1.934.

Una mancha en la nuca. Silenciosa. Apagada. Una mancha roja como una rosa. En la nuca. Nada era más rojo que esa mancha. Un muerto, pensaba la luna. Un marica o un poeta. Pero un muerto. Pensaba que era un muerto. Un charco de ropa y piel y huesos y sueños. Muerto antes que marica. Antes que poeta. Muerto. Muerto. Y no mentía: estaba muerto. Tenía una mancha en la nuca, una mancha que decía: tú, tú podrías haber sido feliz. Tú. Y otros que también podrían haberlo sido, otros más también crecían allí, también como flores rojas. Con la misma mancha en la nuca. Con su mancha como un ojo que miraba el cielo y le envidiaba su azul tan azul, el azul de los árboles, el mismo azul que miran las ramas con ojos verdes, el que roban las golondrinas. El mismo. Estaban allí con su mancha, con su ojo marchito, con su nido seco creciéndoles en la nuca. Estaban en el suelo como amapolas, sembrados. Crecían. En la escuela enseñaban fechas. Diez. Cien. Mil fechas. Fechas. Fechas. Fechas de fechas. Religiones. Imperios. Batallas. Conquistas. Nacimientos de reyes. Muertes de reinas. Pero eso no. Solos. Como animales que luego se comen estaban ahí. Apagados. Quietos. Extraños. Y anochecía. Anochecía. Y la luna miraba.

Fin

El viudo

Magia de los peces. Paul Klee. Año 1.925.

El semáforo está verde. Otra vez. No cruzamos. Casi nadie se mueve. Un policía nos apunta todavía. Con la mano en alto. Señala a los que pasan con el otro brazo. No terminan. Miro la fila de ciclistas. Como hormigas. Tan apretada. No termina. No sé cómo no se caen. Todos llevan la misma ropa. Los mismos colores. Verde. Naranja. Rojo. Los cuento. Desde el no sé cuántos. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Entre el cuatro y el cinco un hueco. Seis. Siete. Ocho. Nueve. Así hasta que me canso. Tengo tres páginas escritas. J. me dijo que anotara lo que hicieran los peces. Todo lo que hicieran. En la oficina hoy he pensado en ellos. En cómo estarán. No se hacen caso. No se miran. No se hablan. No se comen. Un hombre mayor se queja de la carrera. De que permitan hacerla en mitad de la calle. Que no nos pueden dejar aquí sin pasar, dice. Lo miro. Lleva bastón. Miro el bastón. Como si me mirara los zapatos. Si lo pienso, nunca he mirado uno. A veces me pasa. Con la llave del buzón. Con una hormiga. A veces me quedo quieto con una baldosa. Con las que tiene alrededor. Ya pasan los últimos. El viejo resopla. No sé por qué, pienso que es viudo. Mira al policía y gruñe: payaso. Pienso en si con las tres páginas será bastante. Cuando J. vuelva. Su madre siempre escribía más. Cuando se los dejábamos. En vacaciones. Escribía más de una página al día. Una página y media o más de cómo están los peces. Cuando se los dejábamos. J. lo leía todo esa misma noche. El mismo día que regresábamos, esa noche, lo leía todo. Como un diario. Veintidós del siete. Catorce y veintidós. Hoy tardan más en comer. El amarillo no. El amarillo termina en seguida. Como siempre. Pero el resto se queda un tiempo nadando. Buscando más comida. Catorce y treinta y siete. Casi todos se han escondido debajo de las piedras. Los blancos siguen buscando más comida. El agua está bien. No hace falta limpiarla todavía. Como un diario. Antes tenía peces nocturnos. No podía darles la luz. No comían. No podía verse la tele. Había que bajar las persianas. Apagar todo. Para que comieran. Si no, se morían. No sé por qué le gustan tanto los peces. El policía mueve las vallas. Se puede pasar ya. La carrera sigue más adelante. Han pasado todos ya. Los últimos y las ambulancias y todos. Verde. Naranja. Rojo. Como el acuario. Me acuerdo. Tengo que comprar la comida para los peces. Me voy.

Fin

El loco

El loco. Pablo Picasso. Museo Picasso. Barcelona. Año 1.904.

J. dice que soy un cobarde. Que no me atrevo. Toca la mancha de sangre con los dedos y me pregunta que por qué yo no me atrevo. Aprieto el palo fuerte. Le doy con la punta a la mancha. Se ríe. Cobarde, dice otra vez. Me agacho. La toco. Está seca. La tierra está seca. El abuelo dice que ya no llueve. Que el tiempo ha cambiado. Dice que cuando él era pequeño llovía mucho. Y fuerte. Está todo seco. El río. Los árboles. El suelo. Seguimos hacia la fábrica. J. me pregunta si voy a entrar. Si voy a atreverme. Mientras se saca una piedra del zapato. Ya llegamos. Hay otra mancha vieja delante. J. la toca también. La fábrica. Todos en el colegio dicen lo mismo. Que hay alguien dentro. Viviendo. Un pobre o alguien así. Y que han entrado. Alguna vez. J. también lo dice. Que una vez entró con su primo. Y que lo vieron. Al pobre de la barba. Tenía una barba muy larga y gris. Como sucia, dice. Los echó a gritos. Está loco, dice. Nos acercamos. Las ventanas están tapadas. Con trozos de madera. Con clavos. J. tira de uno. No consigue nada. Hay un hueco. No se ve lo de dentro. Oscuro. Muy oscuro. J. me dice que me asome. Los ladrillos están calientes. Los toco al asomarme. Me asomo. No se ve nada. Todo negro. Muy oscuro. No se escucha nada. Todo está como muerto. A lo mejor no hay nadie. Lo pienso. A lo mejor no hay nadie dentro. Un perro ladra lejos. Muy lejos. J. quiere que entremos. Me limpio las manos en el pantalón. Los ladrillos rojos están muy sucios. Rodeamos la fábrica. En otra ventana. Sin madera. Abierta. Como una boca negra. Nos asomamos. No se escucha nada. No hay nadie. J. se sube. Me dice que no sea cobarde. Un cobarde, dice. Entramos. No se escucha nada. Piso despacio. Hay papeles por el suelo. De periódico. De publicidad. De supermercados. De comida. Y latas de cerveza. Verdes y rojas. Muchas latas. No quiero hacer ruido. No se escucha nada. J. dice que busquemos al loco. Que tiene que estar durmiendo. En algún rincón. Bebe. Bebe mucho. Es un borracho, dice. Cuando no bebe es porque se ha quedado dormido, dice. Huele. Huele a algo. Como cuando un perro se lo hace en una pared. Huele muy fuerte. No se escucha nada. A lo mejor no hay nadie. A lo mejor se han inventado lo del loco, me digo. Pero no. Llegamos. En una esquina hay un bulto. Como la ropa cuando mamá va a lavar. Cuando la reúnela toda en el suelo del cuarto. Hay un bulto. Se mueve. Muy poco. Pero se mueve. Respira. J. me lo señala. Todavía tengo el palo. J. me lo señala también. Que le dé, me dice con los ojos. Que si no me atrevo. El bulto casi no se mueve. Casi no respira. No me muevo. J. me lo señala otra vez. No. No. Me coge el palo. Se acerca. El bulto no se mueve casi. Se acerca. Aprieta el palo. Le miro la mano, cómo lo aprieta. Como si fuera una espada. Se acerca. Se acerca. Y con la punta. Muy poco. Como si tuviera miedo. Como si fuera a saltar sobre él de repente. Con la punta del palo toca el bulto. Pero nada. El bulto no se mueve. No se mueve. Me da el palo. Me lo señala. Que le dé yo también. Que me atreva. Pero no. No. J. se ríe. Volvemos. Volvemos a la ventana. Donde los papeles. Donde las latas de cerveza. J. les pega dos o tres patadas antes de salir. Y nada. Pero de repente un grito. El bulto grita. De repente. Que lo habremos enfadado, dice J.. Que si ahora se levantará a leer sus papeles de publicidad. Salimos. Corremos. J. se ríe. Dice que soy un cobarde. Se ríe. Corremos lejos.

Fin